El adivinador de penales

Actualizado: 16 dic 2021

En Haedo vive un hombre centenario que décadas atrás supo adivinar el destino caprichoso de los penales, y aunque nunca pretendió hacer de ello un oficio o utilizar su habilidad en beneficio propio, sí podemos decir que disfrutaba con la modesta fama que esta situación le otorgaba. El origen de su talento fue desde un comienzo motivo de controversia, pero en el barrio se comentaba que el adivinador fue alguna vez discípulo del Oráculo de Merlo, aquel famoso pitoniso merlense y -tal vez- el mayor milagrero de la zona oeste. Sea cual fuera su origen, todos los vecinos de Haedo oyeron hablar alguna vez de Pedro Alfonso Estigarribia -el Vasco, para los amigos-, esta especie de sacerdote vernáculo capaz de predecir el desenlace de los tiros realizados desde el punto penal en cualquier evento futbolístico que presencie, sea escuchándolo por radio o siguiéndolo por TV, y que no hacía distinción entre un picado informal o un partido oficial.


Según cuentan quienes lo vieron en acción, su particular destreza le permitía saber no solamente la dirección que tomaría el balón una vez ejecutado el tiro, sino además revelar con exactitud si dicho remate terminaría convirtiéndose en gol, sería rechazado por el guardameta o si, por el contrario, se perdería desviado por la línea de fondo.


Las descripciones que utilizaba Estigarribia para anticipar las jugadas eran, a la vez, precisas y llamativas. Frases como “tiro rasante al palo izquierdo del arquero, allí donde duermen las arañas” o “disparo cruzado del centrojás” eran habituales para él. A veces, sin embargo, apremiado por el tiempo o las circunstancias, optaba por un camino más directo: “puntinazo fuerte al medio, lo mete con pelota y todo” y hasta incluso menos diplomático: “este burro, la va a colgar de la tercera bandeja”. Cualquiera hubiese sido la opción elegida, siempre acertaba.


Gracias a su peculiar capacidad, con el tiempo Estigarribia fue ganando cierta popularidad en el barrio y, a medida que sus aciertos se hacían conocidos, sus seguidores aumentaban. Aquel penal que Roma le detuvo a Delem en el superclásico del ´62 significó para Pedro un punto de inflexión. Los vecinos comenzaron a acercarse los domingos por la tarde a escuchar los partidos en su vereda mientras compartían rondas de mates y hasta había quienes le acercaban tortas fritas y pastelitos.


Con cada nuevo torneo, los acólitos del pitoniso se multiplicaban. Y para la época del mundial ‘90, en aquellas maravillosas tardes del arquero argentino Goycochea versus Yugoslavia e Italia, era tanta la gente que se agolpaba en la cuadra, que el Vasco estuvo forzado a improvisar con una técnica de colgado de banderas en su terraza -blancas o negras según fuera la premonición- a fin de que su presagio se extendiera hasta donde alcanzara la vista.


El boca a boca cruzaba las fronteras de los barrios… de Haedo a Ciudadela o de Castelar a Devoto, todos querían conocer a este singular personaje. Simpatizantes de clubes tan diversos como San Lorenzo, Nueva Chicago o Almagro se acercaban a llevarle estampillas y presentes cuando sus equipos atravesaban definiciones decisivas desde el punto penal. Hay quien dice que supieron abrirse filiales -hoy desaparecidas o renombradas- de clubes de primera división que llevaron su nombre. Quien quiera oír que oiga.



Sin embargo, hacia finales de la década del ‘90 súbitamente todo cambió. Como si fuera una alegoría criolla de un país que durante aquellos años repetía un golpe de timón tras otro en un vano intento por eludir una nueva crisis socioeconómica que finalmente sería tan inevitable como fatídica, así también Estigarribia comenzó a volverse dubitativo en sus descripciones, errático en sus pronósticos, llegando incluso cambiar sus propias predicciones sobre la marcha -tal como ocurrió en el fatídico caso de los tres penales errados por Martin Palermo durante la Copa América ‘99 en la derrota Argentina contra el seleccionado de Colombia-. Se había vuelto ambiguo, inestable, «dudoso» decían algunos, como si el viejo alguna vez les hubiese prometido algo más allá de un simple divertimento deportivo. Sin embargo, la gente es ingrata y se olvida, aunque no por ello dejan de exprimir lo que consideran suyo, y lo hacen hasta el final, hasta el punto en que ya no queda nada para extraer, recién allí deciden que es tiempo del descarte y del reemplazo, sin reparar en aquello que han dejado atrás y en el dolor que pudieron haber causado.


Eventualmente, una seguidilla de derrotas de la Selección Argentina, como así también de ciertos clubes locales, provocaron el enojo popular. Aquellos que otrora festejaban sus predicciones, denunciaban ahora al Vasco por malos augurios. Lo culpaban por el infortunio de sus equipos y se referían a él en formas descalificadoras; comenzaron a llamarlo «brujo», «yeta» y con otros apodos desagradables. Incluso, los más osados arrojaban basura en su vereda, lo insultaban por la calle o pintaban con inscripciones hirientes la fachada de su casa.


Esta situación cada vez más violenta y compleja solo consiguió que Estigarribia se alejara de la vida pública, dejando, poco a poco, sus antiguos hábitos. Pasaba los días encerrado en su casa casi sin salir y ya no colgaba banderas en su terraza ni se oía el murmullo de las transmisiones deportivas desde su ventana, tampoco se veían vecinos merodeando su vereda cada domingo por la tarde intentando escuchar, de incógnito, algún partido ocasional. Era el final.


Al igual que sucedió con su inesperado ascenso al estrellato, la causa de la brutal caída del fenómeno de Haedo jamás pudo ser aclarada del todo, sin embargo, y como suele pasar en estos casos, las teorías más diversas comenzaron a circular rápidamente por el barrio. Algunos atribuyen el ocaso del pitoniso a un castigo del impiadoso Oráculo de Merlo por desviarse de su camino, rumorean que el milagrero merlense, semanas antes de desaparecer, se encargó de desenmascarar a sus falsos súbditos que pululaban la ciudad y que el Vasco fue, simplemente, uno de tantos. Otros, por el contrario, son de la idea de que Estigarribia nunca tuvo poderes ni ofició milagro alguno, y que su entronización como ídolo apócrifo fue tan solo producto de la mitología popular y de la gente, que se obsesiona en ver solamente lo que quiere ver, otorgándole atributos inexistentes. Esta visión fue largamente fogoneada por Los Fundamentalistas Fácticos, aquella organización que tiene, en la negación absoluta de la intervención de fuerzas sobrenaturales, una de sus creencias más profundas. Finalmente y a mitad de camino entre estas dos posturas extremas, se encuentra la que menciona como origen y exageración del mito a Los Mejoradores de Historias, una facción desprendida de La Liga de Soñadores y Poetas, que tuvo su auge en los años posteriores a la crisis económica del año 2001 y, cual juglares modernos, iban de barrio en barrio buscando mejorar el ánimo de las personas a través de anécdotas, sucesos e historias que ellos se encargaban de decorar y embellecer intentando trastocar la dura realidad, perfumar la tristeza y adornar las penas que durante esos años, ensombrecían el ánimo de todos los vecinos.


Sin importar cuál teoría se adaptará mejor a nuestras creencias, lo cierto es que Pedro Alfonso Estigarribia tuvo que soportar el mismo destino amargo que tantos otros dioses con pies de barro antes de él: la ingratitud de aquellos que antes celebraban su nombre y hoy agravian. Aunque incluso hasta de ello hubiera podido reponerse -nunca lo sabremos en realidad-, pero para alguien como Estigarribia, que se alimentaba de la aprobación y el calor popular, el mayor infortunio que enfrentó fue el olvido del público y el lento descenso al anonimato... al punto de que, con el tiempo, ya no se lo veía por el barrio y apenas un puñado de amigos y familiares lo seguían visitando.


Incluso hay quien dice que se mudó.


Los pocos que aún mantienen contacto con él, aseguran que ya no adivina penales ni mira fútbol.



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