Leyenda del tren errante

En los copetines de la estación Liniers del Ferrocarril Sarmiento, se habla de la existencia de un tren que realiza el trayecto Once-Moreno sin detenerse. Comentan que circula durante las noches sin luna.

Lo habitan almas perdidas y solitarias que se alimentan de la esperanza tardía.

Hay sobrados testimonios que dan cuenta de los avistamientos del convoy misterioso. Personas comunes que súbitamente se vieron cara a cara con el espectro rodante.

Algunos observadores afirman que prestaron oídos a novios quinceañeros que lloraban desconsolados su primer desengaño amoroso, juran haberlos escuchado y dado consejo para luego verlos desaparecer junto con el paso del tren en la negrura de la noche.

Un transeúnte declaró haber descubierto a un grupo de hinchas del extinto club Colorados Unidos lamentarse por un título que nunca llegó, todo debido a un penal no sancionado en el año ‘38. Nosotros, sin embargo, sabemos bien que aquel penal nunca existió.

El filántropo Estanislao sostiene haberle ofrecido un pañuelo a una dama desconocida en un banco de la estación Ciudadela. Asevera haberla encontrado esperando con lágrimas en los ojos el regreso de un amor no correspondido.

La mayoría de los testigos sitúan al tren en las cercanías de Liniers. Aunque otros dicen que lo vieron en Morón e incluso en las proximidades de Floresta.


El último testimonio es sin dudas el más sorprendente.

Gómez, el dependiente del copetín de la estación Liniers, era un tipo tranquilo que repartía su tiempo entre el trabajo, su madre y un grupo de amigos recurrentes con quienes compartía una cuestionable afición por el juego; no era muy ambicioso, ni había gozado de mucho éxito en el amor, pero a su manera, era feliz y ensoñador. De hecho, en la estación todos recordaban verlo siempre de buen humor rondando el andén. Su encuentro con el espectro rodante ocurrió durante una noche de excesos, cuando divisó el número del tren que se acercaba por la vía norte. Gómez juraba que era el 5817, la desgracia en la quiniela, pero a la semana siguiente lo volvió a ver y era ahora el 5872 -la sorpresa-; tres semanas más tarde creyó advertirlo bajo el 5893 -el enamorado-, y así durante el transcurso de tres meses le sucedió verlo bajo cifras diferentes… alegó haber espiado los números 22 -el loco-, el 69 -los vicios- y el 21 -la mujer-, entre otros. Al comienzo no quiso arriesgarse, pero luego empezó a realizar pequeñas apuestas a la quiniela según el tren se le presentase… su éxito fue dispar pero sostenido.

Lo inesperado sucedió cuando la chapa del tren reflejó el 5848: il morto chi parla. A pesar de las advertencias que recibió de sus amigos, el dependiente, que siempre fue adepto a las cábalas y el misticismo, resolvió apostar a ese número a la cabeza en las loterías de Buenos Aires y Montevideo. La primera sorpresa que se llevaron sus conocidos fue que Gómez acertó un pleno en ambas casas de apuestas, algo que no había sucedido anteriormente. La segunda, que Gómez no aparecía por ningún lado: no se había presentado a trabajar ni respondía su teléfono, de hecho, nadie lo había visto. Al comienzo bromeaban sobre su desaparición. Luego, con el paso de los días, la cosa se puso más seria: lo buscaron en su casa y en la de su madre, recorrieron comisarías, hospitales y morgues, pero el resultado era siempre el mismo: ni rastros del dependiente. Finalmente, en el copetín de la estación decretaron tres días de duelo y entre los habitués se rumoreaba que alguien lo vio arrojarse a las vías del tren con las boletas en la mano. Gómez nunca apareció y con el tiempo todos fueron olvidándose de él.

Por las dudas nadie más volvió a jugar al 48.

Los fundamentalistas fácticos insisten en negar la existencia del tren alegando que una formación no puede correr por las vías indefinidamente; resoplan al escuchar conversaciones mencionando la ausencia del maquinista. Debaten si podría tratarse del carguero que circula por las noches o solo son meros divagues de trasnochados, sus opiniones están divididas y hasta el día de hoy se producen acaloradas discusiones en la sociedad de fomento de Villa Luro al respecto. Nosotros, en cambio, tenemos en claro que esta gente no tiene la sutileza suficiente para comprender hechos tan sensibles y espirituales.

Allá ellos y su lógica pragmática, desde este lado preferimos pensar diferente. Sabemos que al tren solo pueden verlo los soñadores, los bohemios y los poetas. Aquellos que no se resignan, ni se conforman. Los que permanecen en la esperanza y los idealistas que aun buscan a su primera novia, las personas que sonríen recordando el beso que les robaron en el patio de la escuela. Los locos y los enamorados, los que ríen, los que lloran.

Los que están vivos.

Si alguna vez te cruzas con el tren, levanta la mano y saluda. Gómez, desde alguna ventanilla nostálgica, te devolverá la cortesía.



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