Sortilegio estival

Actualizado: 16 dic 2021

En el barrio todos quisieran poder olvidar aquel verano, perderlo en lo más profundo de la memoria y pretender que jamás ocurrió. Al menos en eso, la mayoría de los vecinos está de acuerdo. Y aunque públicamente afirmen que no recuerdan el momento en que ellas aparecieron por el parque o cuándo fue que las oyeron cantar por primera vez, la realidad es -bien lo sabemos nosotros-, muy diferente. Los vecinos del barrio son conscientes de que conocemos su verdad, pero eligen la comodidad de disimularlo... Parafraseando aquel refrán americano de “lo que pasó en el barrio, queda en el barrio”, ellos mismos pretenden fingir olvido y desmemoria, aun cuando puertas adentro nos reconozcan lo contrario. Los hombres, por caso, saben exactamente cuál fue el instante preciso en que escucharon el canto de las doncellas por primera vez, y saben además qué se encontraban haciendo en aquel momento, y en cuanto a las mujeres, simplemente digamos que ellas también recuerdan con fineza el momento, pero son sabias y eligen olvidar, mas no sea para evitarle la vergüenza a sus congéneres masculinos del barrio.


Ahora bien, ¿qué hacían aquellas tres muchachas para ser tan especiales? No podría llamarse estrictamente cantar, tampoco podemos decir que lo suyo era una especie de espectáculo callejero, no, eso sería simplificar demasiado la realidad y quitarle mérito; lo que hacían ellas era diferente... algo surrealista, una suerte de canto sugestivo y embriagador como no se había visto ni se volvió a ver en el barrio de Caballito. Sería más fácil si empezamos por el principio y contamos su fugaz pero maravillosa historia de una vez, así que arranquemos, por ejemplo, en la ya famosa ocasión que su voz resonó por primera vez dentro del Parque Rivadavia. Fue durante una de esas mañanas que nos suele regalar el inicio del mes de diciembre, de sol radiante en lo alto pero acompañado a la vez con una brisa serena, agradable y refrescante; las jóvenes aparecieron por el centro del parque, ubicándose junto al monumento a Simón Bolívar y sin más preámbulo comenzaron a entonar la que sería a partir de allí, su melodía de cabecera, una tonada dulce y suave, cargada de matices y alteraciones que las muchachas se encargaban de armonizar en perfecta sincronía, convirtiendo esa música, en algo entre hipnótico y divino que progresivamente fue encandilando a cuanto incauto se dignó a deambular por allí ese día.


Y si bien al comienzo solo fueron un puñado de curiosos los que se acercaron a contemplar al extraño trío de féminas, poco a poco el centro del parque se fue colmando de personas atraídas por esa canción que inundaba el parque; no importaba si eran jóvenes o adultos, el canto de las doncellas lograba que los hombres sucumbieran ante su voz, olvidando súbitamente sus tareas y obligaciones previas. Las horas pasaban y más y más personas se reunían en derredor de ellas oyéndolas cantar sin poder moverse embelesados por su hechizo. No fue sino hasta que las jóvenes decidieron dar por finalizado tan curioso show, que el parque regresó a su rutina diaria. Y lo mismo podríamos decir que sucedió al día siguiente, y también al otro, y que se repetía cada vez que las muchachas decidían aparecer por allí.


Paulatinamente entonces, la vida sufrió un vuelco para cientos de personas de Caballito y las situaciones más inverosímiles comenzaron a tener lugar en el barrio: desde cenas que se enfriaban en la mesa familiar a la espera de un jefe de hogar que ya no regresaría a tiempo, noches de fútbol con amigos disputadas con menos jugadores que los requeridos debido a la falta de afluencia, hasta madres que, desconsoladas, reclamaban a la Virgen ante la falta de atención de sus hijos… toda una serie de cuestiones inauditas que imprevistamente se volvieron moneda corriente en las inmediaciones del parque. Tampoco faltaron las ausencias al trabajo, ni los alumnos al borde de quedar libres de la escuela a causa de sus inasistencias, ni las obras de albañilería abandonadas por la mitad… todo porque los varones del barrio aprovechaban cada oportunidad que tenían para escaparse a escuchar a las doncellas.



Pasado el impacto que ocasionó la sorpresa y la indignación inicial, hubo un atisbo por parte de las mujeres de la zona de poner la situación nuevamente en su lugar e intentar recuperar el antiguo equilibrio de fuerzas. Se elevaron planteos, hubo quejas, discusiones y hasta amenazas, pero siempre con el mismo estéril resultado. Se producía una mecánica repetida: a la iniciática desidia masculina, le seguía el reclamo femenino, y a este, el pedido de disculpas del avergonzado varón junto a la promesa de que algo así jamás sucedería de nuevo; sin embargo, tan solo unas horas más tarde, todos y cada uno de los hombres que perjuraban no volver a caer, incumplían sistemáticamente sus promesas y tropezaban presos nuevamente, del embrujo musical. Las más tenaces y extremistas llegaban incluso a amenazar a sus congéneres con el abandono, el olvido y hasta el exilio, pero todo era en vano. Con el correr de los días, la mitad femenina del barrio no encontró más alternativa que asimilar que la suya parecía una batalla perdida y que se enfrentaban a una clase de sortilegio superior a sus capacidades.

Las semanas pasaban y la ronda formada junto a las muchachas era cada vez más numerosa. Cierta tarde, una señora algo entrada en años que pasaba por allí, hastiada de tanta holgazanería masculina y en clara oposición a la nueva pasividad general mostrada por sus congéneres, sugirió socarronamente a las jóvenes cantar “La canción del trabajo” del artista Raphael, «a ver si ustedes espabilan a esta manga de vagos», redondeó. Lo sorprendente fue que, al hacerlo -y para sorpresa de todos-, los varones presentes abandonaron la ronda y volvieron a sus quehaceres habituales. De esta manera casi fortuita y accidental, aquella anciana había develado que, con su canto, las tres jóvenes tenían la capacidad de incidir en las decisiones de los hombres.


Y aquello lo cambió todo.


Rápidamente el rumor se esparció por la zona y diversas damas encontraron en las doncellas, la respuesta a sus plegarias, fue allí cuando decidieron formar La Cofradía de las Mujeres para organizarse. Súbitamente los pedidos a las cantantes se multiplicaron, provocando cambios extraordinarios en la población masculina: Quinieleros que dejaban de jugarse el jornal al número soñado, nietos que se convertían de la noche a la mañana en devotos visitantes de abuelos olvidados, huraños maridos que repentinamente cumplían las tareas hogareñas con fervor y vehemencia... y la lista recién comenzaba.


No faltaron quienes se aprovecharon de las circunstancias de formas menos inocentes. Los políticos de la zona comenzaron a utilizar a las doncellas para influir en las votaciones, y algunos empresarios, ávidos de dinero, pretendían convencer a los incautos de colocar sus ahorros en faraónicos proyectos de dudoso suceso.


La situación se estaba desbordando.


Tan grande fue el fenómeno que incluso los Fundamentalistas Fácticos, debieron abdicar ante tamaña evidencia. La organización, famosa por desestimar y refutar cualquier suceso incapaz de ser probado empíricamente, no tuvo más remedio que otorgarle al caso de las doncellas el estatus de “Empíricamente improbable, pero rigurosamente cierto”, convirtiéndolo en la primera y única excepción al credo del grupo.


Ellas, en tanto, no discriminaban entre solicitudes inocentes y pedidos dolosos, simplemente se presentaban cada tarde en el centro del parque a entonar su melodía, aceptando dádivas, sobornos y ofrendas sin menospreciar su origen. La motivación de las tres jóvenes, sin embargo, no parecía nacer del amor al dinero, sino de la sensación de poder que emanaba de encandilar a la masa masculina.


Con el tiempo, un grupo de hombres decidió contraatacar y encontró un término medio que les resultó conveniente. Presos aún del encanto de las doncellas, no se resignaban a renunciar a su canto, pero tampoco aceptaban seguir siendo inducidos por ellas a realizar labores o acciones indeseadas. Resolvieron entonces, formar una pequeña hermandad a la que denominaron El Club de los Engatusados, cuya tarea consistía en administrar pedidos y organizar las solicitudes a las cantantes según su propia conveniencia.


Tal desbarajuste de voluntades encontradas entre La Cofradía de las Mujeres y El Club de los Engatusados, solo podía desembocar en una hecatombe. No pasó mucho tiempo hasta que -por ejemplo- un viernes de febrero, La Cofradía les sugirió a las doncellas una lista de canciones propicias para una cena romántica en pareja, mientras que El Club bregaba a su vez por su propia lista de melodías que impulsara a los varones hacia el fútbol con amigos. Las tres doncellas -ajenas a ello- continuaban aceptando sugerencias y donativos de ambos bandos, despreocupándose de cualquier resultado.


El intento de que las fuerzas del orden pusieran un poco de sensatez en el asunto, también resultó en vano. Nada más llegar, los oficiales caían rendidos ante el encanto de las muchachas que, impertérritas, seguían acudiendo al parque, desconectadas de los caóticos acontecimientos que su canto ocasionaba. Otros fútiles intentos de contener la situación incluyeron la utilización de audífonos, diversos tipos de auriculares e incluso la opción de intervenir con personal policial femenino. Mas, por alguna extraña razón, nada liberaba a los caballeros del esotérico encantamiento.


La larga mano del sortilegio alcanzó también a La Liga de Soñadores y Poetas, ya que algunos de sus miembros fueron víctimas de las doncellas. Salvador Rucci -por ejemplo- olvidó sus versos durante una canción ofrecida en la víspera navideña, mientras que el filántropo Estanislao perdió gran parte de sus ahorros al otorgar una propina sospechosamente generosa a las muchachas en ocasión de su cumpleaños. Esta coyuntura provocó que las altas esferas de la Liga recurrieran a Evaristo Carriego a fin de encontrar una solución.


Evaristo, fiscal de oficio y detective aficionado, había participado anteriormente en otros pequeños misterios zonales y aceptó gustoso el encargo. Se entrevistó con algunos damnificados y realizó una breve excursión al Parque Rivadavia cuidándose de no acercarse demasiado a las jóvenes. Las observó cantar durante una tarde y las saludó a la distancia. Luego se encaminó a la Biblioteca Nacional y solicitó al dependiente una lista de aquellos libros que abordasen la temática de las sirenas. El joven fiscal indagó en la leyenda de Jasón y los Argonautas, en el mito de Ulises en La Odisea, en Las mil y una noches e incluso se entretuvo leyendo el clásico de Hans Christian Andersen. Cuando por fin abandonó la biblioteca, lo hizo con varias ideas y conclusiones, como por ejemplo que la energía que movilizaba a las sirenas era, a su vez, su fortaleza y su castigo, y que sólo permanecían en el tiempo aquellas que mantuvieran su capacidad de encantamiento.


Evaristo sopesó las opciones y los recursos con los que contaba. Permaneció varios días encerrado acompañado solamente por una botella de whisky, intentando trasladar parte de la mitología y la literatura antigua a la gris realidad contemporánea del problema que se le presentaba. Tenía una sola certeza, y se aferraba fuertemente a ella; sabía que, si tal evento podría originarse en la actualidad, por fuerza debía ser posible revertirla. Barajó posibilidades, trazó planes, opciones y argucias que luego tiraba a la basura. Todas sus ideas chocaban de frente con la imposibilidad de acercarse a las doncellas sin caer en su encantamiento.


Y de pronto lo comprendió.


La clave se encontraba justamente allí.




El plan que concibió fue audaz y arriesgado. Primero colocó un aviso en diversos diarios locales y luego contactó a la prensa de la zona, ofreciéndoles una primicia el sábado 30 de marzo en el Parque Rivadavia, pero solo si aceptaban sus condiciones. Acto seguido, decidió cobrarse un favor y contactó a su enlace en la fiscalía de la ciudad. Finalmente, satisfecho con su idea, encendió su pipa y se sentó a esperar, sistematizando cada uno de los pasos. Durante la siguiente semana, Evaristo entrevistó a más de 50 personas, varones de edades y características diversas. De ellos seleccionó a una treintena. El trabajo que tenían que hacer era simple y duraba solamente una jornada, pero la paga era demasiado buena como para rechazar la oferta. Debían presentarse el sábado 30, a las once de la mañana en la oficina de Evaristo, donde él les daría las instrucciones finales.


Lo siguiente que hizo fue reunirse nuevamente con la Liga de Soñadores y Poetas en la Sociedad de Fomento de Villa Luro. Allí les explicó que había investigado lo suficiente sobre el tema e ideado una posible solución. Necesitaba contar con ellos el sábado elegido. Su tarea sería la de dispersar a los transeúntes y curiosos. Bajo ningún motivo podían permitir que otra persona ajena al grupo se acercara a las doncellas. Debían apelar a todos los recursos que tuvieran a su alcance: contactos con la policía, cortes de calle, manifestaciones espontáneas, clausuras de puestos callejeros… lo necesario para evitar que otras personas accedieran al centro del parque. A pesar de su insistencia, Carriego decidió adelantarles solamente lo absolutamente necesario del plan. La situación debía resultar creíble y no tenían más que una oportunidad.


El día señalado, el plan fue transcurriendo con normalidad. Los treinta contratados se presentaron ante Evaristo a la hora acordada y fueron guiados hasta el parque, donde recibieron las últimas indicaciones; La Liga hizo su parte y se esmeró al máximo en contener a visitantes y curiosos mediante una serie de rebuscados desvíos, simulacros y clausuras. La policía cumplió en devolverle el favor al fiscal y colaboró a su manera con un corte temprano sobre la Avenida Rivadavia. Así, la treintena elegida se transformó en el único público de las jóvenes cantantes aquel sábado de marzo.


Las doncellas, sin embargo, parecían presentir algo, ya que aquella tarde cantaron como nunca antes, la belleza de su voz crecía en cada entonación, emitiendo una fuerza sin igual que contagiaba al universo que las rodeaba. Oculto y desde su refugio, el fiscal no daba crédito a lo que veía a través de los binoculares: Árboles vibrando con los tonos graves, hojas flotando en el aire al compás de la melodía y aves histriónicas acompañando el canto de las doncellas en un coro demencial y extraordinario como nunca se ha visto. La naturaleza parecía haberse confabulado junto con ellas y, sin embargo, ni uno solo de los treinta elegidos por Evaristo se inmutaba, era como si estuvieran ajenos a lo que sucedía a su alrededor, miraban a las doncellas y hasta daban la impresión de acompañarlas con el ritmo, pero en ningún modo este acontecimiento parecía afectarlos en forma alguna. Las jóvenes prosiguieron con una nueva canción, y luego otra, y otra, a cada cual más potente y hermosa que la anterior. La tensión iba in crescendo y se percibía una excitación mayúscula en el ambiente, el vallado que heroicamente protegía La Liga parecía pronto a sucumbir ante la presión de la gente, mas los treinta escogidos para presenciar el espectáculo continuaban con la mirada fija, como extraños al excepcional suceso.


Un puñado de horas después, y rendidas ante la ineficacia de su canto, las tres doncellas callaron. Habían fallado en su tarea de encantamiento. Se sabían vencidas y lloraban su desdicha en silencio, mientras que una multitud de fotógrafos disparaban sus cámaras retratando el momento. Nadie quería perderse la noticia del año en Caballito: el canto de las jóvenes, finalmente, se había ido para siempre. Cientos de titulares ocuparían los diarios de mañana y los próximos días y la horda de periodistas se relamía a cuenta ante la idea de publicar suplementos especiales y números extras dedicados especialmente al fenómeno. Ellas, en tanto, observaban a Evaristo que se acercaba con rapidez y decidieron reconocerle su astucia con una reverencia a la distancia, luego dieron media vuelta y eligieron perderse entre los árboles del parque, lejos de la muchedumbre. Algunos miembros de La Liga intentaron seguirlas, pero el fiscal lo impidió, ya tenían su victoria, no necesitaban nada más.


Al cabo de un rato, y luego de las felicitaciones y los abrazos, Salvador Rucci quiso conocer qué método utilizaron los treinta elegidos para permanecer inmutables y estoicos ante el canto arrollador de las doncellas. A pesar de los intentos del fiscal para persuadirlo, el poeta estaba decidido a conocer el secreto, y por ello fue que se lo preguntó una, dos y hasta tres veces, pero no obtuvo respuesta alguna. Ofuscado, levantó la voz insistiendo nuevamente, incrédulo ante tamaña indiferencia, pero el resultado era siempre el mismo... Nadie del grupo le dirigía la palabra.


Finalmente fue Evaristo quien, divertido, decidió interceder.


—No te gastes, Salvador, que no van a responderte… son sordos de nacimiento.



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