Salvador Rucci, el poeta revulsivo

Actualizado: 29 ene

Es por todos conocido que la poesía ha ocupado siempre un lugar preponderante en la vida de los vecinos del oeste del Gran Buenos Aires. Sentidos poemas supieron aflorar de la pluma de literatos que se inspiraron en barriadas como Flores, Mataderos o Ciudad Jardín, y autores de la talla de Gómez Alcorta y Machado Da Silva escribieron sus primeros versos recorriendo las calles de Castelar, Santos Lugares y Caseros. Sin embargo, ninguno de ellos ha generado tanta controversia y admiración como Salvador Rucci.


Quienes lo conocieron coinciden en que no poseía el virtuosismo ni la técnica de sus contemporáneos, incluso hay quienes afirman que sus rimas tampoco eran demasiado prodigiosas o pulidas. De hecho, la opinión generalizada lo definía más bien, como un autor que oscilaba entre la rusticidad y la torpeza; sin embargo, esta situación lejos de estigmatizar al poeta, lo engrandeció.


Rucci obtuvo su título universitario en Ingeniería Civil y como tal, era apasionadamente pragmático. Es por ello que su pluma, en general, no le escribía al amor ni al destino y tampoco dedicaba horas a filosofar sobre la finitud de la vida, o a recordar con estéril melancolía la dicha de la infancia. Prefería dedicar sus versos a otros asuntos más terrenales.


Desde sus comienzos, Salvador fue un apasionado por indagar las pasiones e inquietudes del ciudadano de a pie. Es por ello que los viejos bodegones, los bares y los cafés fueron, desde siempre, su zona de influencia. Allí era donde obtenía material para su obra. «Oda al estofado de osobuco», «Las matemáticas y el hipódromo. Una reflexión», «El billar, ese amigo olvidado», «Reivindicación de los viernes de jarana», «Ocho desengaños para ningún amor» y «El beso que Martita me robó» fueron, entre otros, algunos de sus títulos más festejados.

Este acercamiento con lo popular, sin embargo, le valió el rechazo de sus pares. Los intelectuales de la zona le dieron la espalda por considerarlo banal y mundano. Las escuelas de pensamiento de la época lo incluyeron en sus listas negras y forzaban a las editoriales a rechazar los manuscritos del rimador y así evitar enemistarse con sus autores más célebres.


Esta situación, sin embargo, fue la que posibilitó que, durante un breve periodo de tiempo, Rucci tuviera cierta proyección a nivel nacional, y es que a medida que el rechazo en los círculos academicistas aumentaba, también lo hacía su fama de autor prohibido. El rumor de un poeta diferente y rupturista se esparció rápidamente por los centros de estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras. El boca a boca en los claustros alimentaba el fuego interno de aquellos alumnos que se encontraban en la búsqueda de algo novedoso. Pronto hubo petitorios y sentadas masivas de estudiantes exigiendo incluir las ideas del bardo en la currícula y poder así, estudiar su obra.


Las demandas, desde luego, eran rechazadas sistemáticamente por las autoridades universitarias, pero a cada negativa del decanato, le sucedía un nuevo reclamo estudiantil. En cuestión de semanas, la universidad se encontró virtualmente paralizada y cada sector radicalizaba más y más su postura. De un lado, los titulares de cátedra tradicionalistas expresaban su rechazo e indignación ante un atropello “como nunca se vio”; del otro, y proveniente del corazón mismo de los grupos más enfervorecidos surgió “La Rucci”, un movimiento alternativo que se congregaba en el patio de la facultad a debatir las piezas del rimador. Las cartas estaban echadas.



Pasado el tiempo de confrontaciones, las autoridades universitarias accedieron a convocar una audiencia que intentase zanjar la situación. Todos en la alta casa de estudios estaban expectantes. Se producirían por fin los ansiados debates y se analizaría la obra del poeta en un auditorio especialmente acondicionado. El acontecimiento, que tuvo lugar en el salón de actos, se extendió durante tres días y no faltaron las provocaciones, los contrapuntos, ciertos monólogos entusiastas y alguna que otra acusación infundada.


Lamentablemente, a medida que los días transcurrían, el nivel del debate bajaba en igual proporción en que aumentaban los agravios, las partes no lograban imponer su postura y lejos estaban de ponerse de acuerdo. La universidad tomó la determinación de proponer un punto intermedio a través de la integración del autor al plan de estudios de verano, se lo estudiaría allí como un primer paso hacia la incorporación de sus textos al programa definitivo. Los alumnos celebraron y, en líneas generales, la mayoría se mostró aliviado con el acuerdo. El debate se había prolongado demasiado.


Esta aparente victoria -festejada por todos los adeptos al coplero- fue en realidad contraproducente para el devenir de Rucci, y supuso el comienzo de un periodo oscuro para el autor. Y es que incorporar el análisis de sus textos a la currícula facultativa, trajo consigo la necesidad de ahondar aún más en la obra del rimador, no se trataba ya de la simple lectura de sus textos más logrados, sino que comprendía un abordaje más profundo y detallado de todo el arco de su creación. Bastaron un par de trimestres para que las primeras e inesperadas conclusiones comenzarán a llegar: Rucci -sentenciaba ahora el alumnado-, independientemente del uso de un lenguaje mundano y de su predilección por los temas populares, es en realidad un racionalista de la palabra y un purista del logicismo. Una especie de arquetipo del materialismo al que no se lo puede poner en pie de igualdad con los poetas tradicionales, sencillamente -argumentaban- porque su pluma carece de la pasión y emoción que transmitían aquellos laureados trovadores. La proclama era fulminante.


A pesar de que la declaración proveniente de los claustros no estaba marcada por un sesgo peyorativo sino más bien clasificatorio, representó algo demoledor para Salvador, que veía amenazado su sueño de aspirar a formar parte de aquella cofradía bohemia llamada La Liga de Soñadores y Poetas, y pareció peligrar aún más cuando miembros de Los Fundamentalistas Fácticos -una organización que abrazaba la lógica y el empirismo, representando la antítesis de La Liga- emitieron un comunicado donde reconocían al autor y expresaban su intención de compilar su obra en un libro.

Salvador declinó con impostada amabilidad el ofrecimiento y se excusó de publicar su obra bajo el sello de Los Fundamentalistas. Durante los meses siguientes, el juglar optó por cultivar el perfil bajo y rehuyó de las luces del centro, refugiándose en el oeste, donde lentamente, sus versos volvieron a su lugar de pertenencia: las calles, los bares y el barrio. Luego, y en un intento de recuperar la inspiración perdida, Rucci decidió visitar al Oráculo de Merlo, el célebre pitoniso del oeste, quien lo instó a reescribir las tablas de su propio destino, y torcer así, su actual desventura. El coplero, entusiasmado ante las palabras del adivinador, fue en busca de Los hacedores de quimeras, aquellos repartidores de prodigios famosos en la zona y que -a juicio del trovador- podrían ser su salvoconducto para retomar la senda de la creación artística. Dedicó las siguientes semanas a recorrer las pizzerías de Floresta, los pasillos de la Estación Once y demás alrededores del Ferrocarril Sarmiento y, por el lapso de algunos meses, los persiguió sin éxito a través de diversos rincones del conurbano bonaerense. Finalmente dio con ellos un sábado a la noche, en los andenes de la estación Loria del subterráneo, aunque la participación de los hacedores, fue fugaz e inesperada.


—Hacía tiempo te esperábamos, poeta —dijeron al unísono, desde el extremo norte del andén.


—¿Saben por qué estoy aquí? —preguntó él.


—Ninguna cosa permanece oculta a Los hacedores —volvieron a responder, a coro, otorgando a su voz un efecto encantador.


—Entonces… ¿me ayudaran? —insistió esperanzado.


—Tu problema es que persigues los sueños ocultando quien realmente eres...

—Pero… —intentó balbucear el artista con dificultad.


—Busca Salvador, busca… indaga en tu interior, escarba profundamente hasta poner en duda no solo tus supuestas verdades, sino también las de los otros. Persevera, poeta… insiste en un debate personal contigo mismo hasta que develes, capa por capa, tu propia y única singularidad. Pues es allí, Salvador, donde se encuentran las respuestas que largamente buscas —La voz, esta vez, se oyó solemne y grave.


El trovador no supo qué responder y solamente asintió con la boca entreabierta y una mirada de asombro.


—Ahora debemos continuar nuestro camino, pero pronto nos volveremos a ver. ¡Hasta siempre poeta! —saludaron conjuntamente.


Luego Los hacedores saltaron dentro de una formación que abandonaba el andén y se perdieron en los oscuros túneles de la noche.


Rucci los observó en silencio desde la plataforma, dio media vuelta y se marchó murmurando versos para su próxima obra.



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