Otro día, cualquier día

Actualizado: 21 nov

El oficial se palpó los bolsillos de la chaqueta y extrajo una pequeña caja metálica; luego se dejó caer sobre su espalda, apoyándose contra la pared de la cocina. Necesitaba un momento a solas, en silencio.

Afuera el viento azotaba las calles y una ligera nevada comenzaba a caer sobre la capital de Polonia.

Tomó un cigarrillo de la caja, lo encendió y le dio una calada lenta, profunda... quería disfrutar de aquel instante liberador. Se sentía agotado, la búsqueda puerta a puerta que les habían encomendado era demencial, de nunca acabar.

Sus compañeros lo esperaban fuera, no disponía de mucho tiempo, por ello arrojó el pitillo al suelo y dedicó una última mirada a la habitación a oscuras para cerciorarse que estuviera vacía. Finalmente, levantó el cuello de su abrigo y se dirigió hacia la puerta.

“Klar” dijo al salir, indicando a los demás que el lugar estaba despejado. A continuación marcó la entrada: para hacerlo utilizo pintura amarilla, primero trazó una estrella de David, luego escribió una “J” en el centro.

Anna oyó el sonido de la puerta al cerrarse y respiró aliviada. Sin embargo, aguardó unos instantes más, solo cuando creyó estar segura, salió de su escondite. Caminó unos pasos para detenerse justo frente a la colilla de cigarrillo que el oficial arrojara minutos antes. La miró fijamente unos instantes sopesando su decisión, y aunque sentía una profunda necesidad de volver a fumar, fue más fuerte su repulsión a todo aquello proveniente del enemigo; con un movimiento frío y carente de emociones, la aplastó con su zapato y siguió de largo. Al llegar junto a la ventana, descorrió levemente la cortina y observó a través de ella con melancolía.

La tarde lucía gris y plomiza, los rostros en las personas reflejan el pulso de una ciudad que, de manera inesperada, se encontraba sumida en el temor, la tristeza y el recelo. Los transeúntes, de pasos veloces, marchaban silenciosos, huidizos. En un intento de escapar de la mirada severa de aquellos soldados foráneos que los vigilaban con tal perversa eficiencia.

“¿Qué extraños tiempos son estos que nos tocan vivir?” se preguntó.

Sacó un pequeño espejo de bolsillo del cajón y, con cuidado de ser vista, comenzó a realizar señales al edificio situado al otro lado de la calle. Lo hizo una, dos, tres veces. Luego esperó.

De entre las pocas pertenencias que aún conservaba en su placard, pudo rescatar un puñado de mantas y un abrigo que acomodó prolijamente en la maleta. Revolvió luego en su alhajero, al no encontrar nada de valor allí, decidió quitarse el anillo de compromiso que portaba en el dedo anular, lo colocó en un recodo de la maleta y la cerró. Sabía que ya no había favores gratuitos en la ciudad, y hasta los colaboracionistas podían tener un precio; necesitaba contar con algún objeto de valor para intercambiar en caso de ser necesario.

Volvió a mirar a través de la ventana. Aún nada.

Lo intentó una segunda vez con el espejo y volvió a esperar. Fue allí cuando observó a través de la ventana a la formación de la milicia entrar por la fuerza al edificio de la gobernación que se ubicaba una calle más al sur. No tuvo que imaginarse lo que sucedió después, era de nuevo la imagen dolorosa, repetida, angustiante: La voz de alto, los gritos, las corridas; luego los disparos, el destello de luces que iluminaba el interior del inmueble y finalmente el silencio. Un profundo y absoluto silencio.


Era como si un temor antiguo y ancestral se hubiera apoderado de la ciudad cubriéndolo todo, desde las calles hasta su espíritu… nada ni nadie parecía ajeno al terror, al miedo, al recelo. Los rezagados en las calles apuran sus pasos, huyen de la muerte, escapan hacía en el anonimato y la oscuridad.

Anna, sin embargo, no piensa en rendirse. No ahora que se encuentra tan cerca. Desde el comienzo supo que debían marcharse, poner distancia entre ellos y el régimen, aunque Friedrich no la escuchó. ¡Cuánto le suplico huir juntos, escapar de estas tinieblas! Formar su familia en el extranjero, ¡empezar una nueva vida! pero su novio subestimó a las fuerzas enemigas, o tal vez su error fue sobrevalorar la posición de su propia familia… ¿y ahora?

Ahora era tarde.

La larga noche que asolaba Europa no hacía distinción entre linajes, castas o nacionalidades. El dinero que otrora comprara salidas alternativas se volvía insustancial e intrascendente. La tormenta los había alcanzado a todos, los cubría a todos por igual. Ahora era simplemente uno más. Como ella. Como los que se llevaron. Como los que vinieron a buscar.

Al otro lado de la calle, una pequeña luz se encendió y apagó rápidamente tres veces. Una vez finalizada la primera secuencia, Anna se apresuró a contar mentalmente uno, dos, tres… al llegar a treinta segundos de intervalo, nuevamente el parpadeo de luces, luego otra vez el intervalo y la secuencia una tercera vez. Tal y como lo habían estipulado.

Esa era su señal. Era él.

Se alejó de la ventana, y fue hacia la cocina nuevamente; allí, se aproximó al bajo mesada y pacientemente se dispuso a la tarea de remover las ollas y las fuentes que cubrían los estantes; luego retiró con suavidad un falso fondo de madera, dejando al descubierto una pequeña puerta. Corrió el pestillo que la sujetaba y abrió la portezuela que daba paso a la habitación contigua, al pequeño escondite, el lugar seguro.

Anna acercó una vela, alumbrando el cubículo. El rostro de tres niños se develó en la oscuridad, no tendrían más de diez años y se los veía serios, temblorosos. El más grande de ellos aún conservaba retazos de su belleza: el cabello rubio caía ligero sobre sus hombros, sus labios y nariz pequeños reflejaban una imagen simpática en aquel rostro redondo, coronado por pómulos rosados y unos exclamativos ojos de un intenso color azul; todo en su rostro expresaba dulzura y temor. «Ya es hora», les dijo y los ayudó a salir del cubículo. Lentamente y en cuclillas, los tres se dirigieron hacia la puerta de servicio mientras Anna se tomó un instante extra para ocultar el escondite antes de unirse a ellos.

En realidad, apenas conocía a los niños, incluso a dos de ellos no los había visto antes. Suponía que el mayor tendría 8 años ya que solía cruzarse con él en los pasillos de la escuela, en los recreos. De los otros dos en cambio, no sabía demasiado, tan solo que fueron separados de su familia dos noches atrás cuando cayeron víctimas de una redada paramilitar.

Querría ayudarlos, hacer más por ellos y su familia, pero todo aquello estaba fuera de su alcance; se consoló pensando que tal vez mañana ya estarían en la zona soviética, huyendo con otros exiliados como ellos. Intentó todo a su alcance para agilizar el traslado pero la situación era compleja, los controles se habían intensificado y desde la frontera no paraban de llegar rumores: fusilamientos masivos, caminos bloqueados y patrullas en los bosques; incluso había oído lo sucedido con los Vogel y los Schultz al intentar huir, se horrorizaba de solo recordarlo. Es por ello habían planeado cruzar el puesto fronterizo de madrugada, entre gallos y medianoche, llenando los bolsillos del superior de turno, como otros tantos lo hacían.


La puerta de servicio se abrió y Friedrich, con ropas de oficial, apareció tras ella. Se conocían desde que eran adolescentes y siempre soñaron una vida juntos. Sus familias, a pesar de pertenecer a mundos tan dispares, no tuvieron reparos en avalar una relación que iba ya por su sexto año; pero claro, luego llegó la guerra. La invasión alemana, el mandato familiar, el alistamiento en la Schutzstaffel. El distanciamiento.

En aquella despedida rumbo a su enrolamiento, prometió no olvidarla.

Y no lo había hecho.

—Debemos irnos, creo que sospechan de mí —dijo sosteniéndola del brazo.

—Sabes que no puedo hacerlo… aún no es el momento, mi deber es aquí —Anna lo miraba firme a los ojos, aunque no podía evitar llorar mientras hablaba.

— ¡Con estos tres van 27 niños! ¿Cuántos más pretenderás salvar?

— ¡Todos los que sean posibles! lo sabes. No puedo irme así sin más, los vi crecer cada día en la escuela, en cada clase, ¡son mis niños!

— ¡Sabes que no puedes salvarlos a todos! —insistió Friedrich, el falso oficial germano.

—Son mis niños —Repitió Anna, e intentó disimular el llanto cubriendo su rostro.

Se produjo un largo silencio, dilatado, intencional. En el que ambos suplicaban por un cambio de postura que no llegaría; los dos sabían que esa era la despedida, el punto exacto donde sus caminos se bifurcaban. El final.

—No sé si podré volver otra vez… ¡Ven conmigo por favor!

Friedrich esbozó un último intento vano, cansino, derrotado, al tiempo que se alejaba escaleras abajo.

Anna lo miró irse desde el umbral; «Es mi misión», susurró, sin saber que aquellas palabras sellarían su destino.

Con cuidado descorrió las cortinas de la ventana para volver a ocultarse en la negrura de la noche.

“Un día más, un día menos”, pensó.

Afuera, los escuadrones de las SS patrullaban las calles de Varsovia.



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