Los Mejoradores de Historias

Actualizado: 29 ene

Los domingos por la tarde representan, para la mayoría de las personas, una mezcla de nostalgia por el fin de semana que se va, y la amenaza por la vuelta a la rutina, cuando nos damos cuenta de que el lunes, ya está al caer. Los vecinos del barrio de Flores no son ajenos a tal dicotomía colectiva y, quien más, quien menos, la han esquivado con las opciones que nos ofrece la vida moderna: algunos prefieren sobrellevar las tardes de domingo viendo transmisiones de fútbol televisado, otros, en cambio, priorizan una opción espiritual mediante las misas y diversos ritos dominicales, y por último, también tenemos a quienes disfrutan de las sobremesas familiares siempre aderezadas de café, masitas y discusiones político-deportivas. Cualquiera sea el caso, lo que todos han intentado hacer con desesperación, es escapar al limbo inmovilizador que provoca la llegada de la tarde dominguera.


Sin embargo, desde hace un tiempo, existen en el barrio personas que intentan hacerle frente al sinsabor de los domingos por la tarde y buscan, a su manera, devolverle algo del regocijo de antaño. Son los miembros de La Liga de Soñadores y Poetas, un grupo de amigos formado en mesas de café y tribunas futboleras que no se resignan al paso del tiempo y su pérdida de costumbres, ni al modernismo y su voracidad por lo material. Una troupe soñadora y nostálgica, aficionados de locos, de bohemios y de inconformistas. Adeptos a luchar contra molinos de viento y siempre en la búsqueda de empardar los despropósitos del mundo sin perder nunca la esperanza.


El día en que a Victorio Fuentes le encargaron organizar un evento para celebrar el cuadragésimo aniversario de la Sociedad de Fomento de Villa Luro y solo acudieron un puñado de personas, decidieron que algo debía hacerse. Y es que fue tal el fracaso sufrido que no pudieron quedarse de brazos cruzados.


A partir de ese momento, los miembros de La Liga se dedicaron a organizar actividades que pudieran devolverle algo de vida al ocaso dominguero. Planificaron noches de milonga para los adultos mayores, ferias itinerantes, espectáculos de varieté, eventos para solos y solas su imaginación no conocía límites. Incluso llegaron a celebrar torneos de bolitas para los abuelos y sus nietos, campeonatos de metegol orientados a aquellos que crecieron entre los años setenta y ochenta, y hasta una competencia de sortija en la calesita de Plaza Flores. Todo en pos de levantar un poco el ánimo vecinal. Tamaño despliegue de actividades vintage otorgó, es cierto, un poco de color a las pálidas noches de domingo -mención especial a las milongas, cuyo éxito entre viudas y cuarentones separados fue notable-, mas no lograron torcer el alicaído semblante de los vecinos del barrio.


—Al final tanto esfuerzo y estamos prácticamente donde empezamos —comentó al pasar Rucci, el poeta barrial, en un tono que dejaba entrever su frustración.


—No diga eso, Salvador —respondió el escriba —, es cierto que los tiempos han cambiado, pero no negará que hemos regalado a la ciudad algo de su antiguo brillo. Vea sino las ferias, el corso, la tómbola…


—¿Pero por cuánto tiempo, Victorio? —interrumpió Rucci—, ¿por cuánto? Si en unos días se olvidan de todo y las cosas vuelven a ser como antes.


Rosendo Flores, payador de oficio y uno de los miembros más longevos de La Liga, había estado observando la conversación en silencio hasta que decidió intervenir.


—Me recuerda la llegada del tren.


—¿Como dice, Rosendo? —dijo Salvador.


—Claro, eso… que me recuerda lo que mi padre contaba sobre la llegada del tren al barrio… él siempre decía que el año en que el tren llegó a Flores, se organizaron desfiles, carnavales y comparsas… que todos los vecinos participaron y… bueno, pero usted ya sabe cómo son los recuerdos... seguramente esté exagerando.


—¡Eso es! ¡Perfecto! —irrumpió Fuentes— Es justo lo que necesitamos.


—¿Que Rosendo exagere? —dijo García, y se rió con ganas.


—No sea pavo, García… no, lo que necesitamos es vincular a la gente con sus historias y su… su… ¿cómo decirlo? su pasado, necesitamos ayudarlos a recordar. Recordar sus vivencias, sus anécdotas...


Su memoria colectiva —acotó el payador.


—Nadie podría decirlo mejor, Rosendo —Victorio sonaba entusiasmado— Tenemos que reactivar la memoria colectiva del barrio.


—Ni que tuviésemos la Biblioteca de Babel para consultar sucesos… —añadió con pesimismo Crisólogo García.


—...O una legión de juglares que pudiese encargarse de esparcirlas —completó Rucci.


—Justamente —retomó Victorio—, si me permiten, de eso les quería hablar...


Desde ese momento, y durante varias horas, el escriba de Ituzaingó se dedicó de lleno a exponerles con detalle el plan que acababa de concebir. Era una idea simple, pero audaz y que fue aceptada inmediatamente por el grupo. Como primera medida, todos debían dedicarse a la tarea de reunir y catalogar historias, acontecimientos o anécdotas que fueran dignas de ser contadas, sin importar su origen. Ese sería su punto de partida.

Rápidamente los miembros de La Liga organizaron cuadrillas que visitarían residencias de mayores, centros de jubilados, bares, cafés históricos o clubes de barrio, siempre con el propósito de indagar en la memoria colectiva. A veces incluso hacían falsas filas en las verdulerías y los almacenes de la zona solo para tener la posibilidad de conversar con las señoras más chismosas del barrio y obtener así, algún jugoso rumor. Únicamente cuando el grupo consiguió atesorar un número importante de hechos memorables, resolvieron que era el momento de clasificarlos en diversas categorías -trascendencia, llegada al público y tema, entre otras-. Cuando reunieron las que ellos consideraron las cien mejores historias, se dedicaron a condimentarlas… les añadieron texturas, vueltas de tuerca, grandilocuencia y espectacularidad.


Y así, luego de tan ardua tarea, completaron el volumen uno de su “Anecdotario Mejorado del Barrio de Flores y Alrededores”.


Faltaba ahora la segunda parte del plan de Fuentes, y para ello, buscaron a los miembros más locuaces, simpáticos y extrovertidos del grupo. Realizaron castings, simulacros y pruebas varias hasta que finalmente dieron con los cinco indicados. El quinteto estaba conformado por: Gastón el taura Avellino, un simpático embustero que frecuentaba los hipódromos de La Plata y San Isidro; Rosendo López, payador y viejo conocido de La Liga; Mari la otaria Giménez, una cándida y convincente vecina de Floresta y Cachafaz Rodríguez, un eximio jugador de truco de la zona.


Esta divertida troupe, bautizada como Los mejoradores de historias, tenía la misión de recorrer las calles de Flores y alrededores, empezando por la Plaza General Pueyrredón en el centro de la ciudad hasta llegar a los arrabales más alejados como Nueva Pompeya o Parque Chacabuco. Su única finalidad era esparcir las historias y leyendas populares entre los baqueanos del lugar; para hacerlo, utilizaban los artilugios más diversos: Infiltrarse en fiestas privadas, acaparar la barra de las parrillas al paso sobre Avenida Gaona o hacer acto de presencia en bares -y hasta en velatorios- sin distinción ni miramiento. Todo en pos de que los presentes se olviden de que se encontraban transitando las horas finales del fin de semana.


Usualmente comenzaban su faena en las horas posteriores al almuerzo dominguero (digamos sobre las cuatro de la tarde), y aunque su primera misión consistía en proporcionar entretenimiento gratuito divulgando anécdotas, su finalidad real era lograr que fueran los propios vecinos quienes se involucraran en cada historia. Es por ello que el grupo establecía con fineza y antelación sus objetivos: así, por ejemplo, en los andenes de la estación Flores del Ferrocarril Sarmiento, relataban el caso de Gómez y el misterioso tren errante que circula sin maquinista por las noches. Aunque en la versión de Los Mejoradores de Historias, Gómez reaparece de su viaje convertido en una especie de filántropo millonario que vive en cierta isla perdida del Caribe. En los velorios en cambio, su trabajo era más sutil pero no menos efectivo: preferían contar a los deudos, relatos sobre espíritus alegres que siguen acompañando a sus familiares de las formas más diversas: como el finado Giménez, quien, para evitar que su señora lo extrañe, se le presenta cada noche al pie de la cama a entonar la marcha peronista. Ya sobre la Avenida Rivadavia, Los Mejoradores incursionaban en centros culturales para narrar historias sobre el pasado glorioso de clubes de barrio zonales, como el Social y Deportivo o el Unión y Progreso de Haedo, donde el oriental Alcides Máspoli se convirtió en el goleador más letal y soberbio del oeste.


Pronto, su influencia se extendió más allá de Flores y alcanzó barriadas alejadas como Caballito, Ciudadela e incluso San Justo. De la mano de tamaña expansión, aumentó también el número de miembros que, domingo a domingo se organizaban en cuadrillas para cubrir las nuevas locaciones. No era extraño entonces estar caminando por las cercanías del estadio del Deportivo Morón y escuchar en la fila de la boletería «¿Sabe usted, mi amigo, que yo estuve en las tribunas del viejo Francisco Urbano, el día en que heroicamente le sacamos un empate nada más y nada menos que al Estudiantes campeón de América y del mundo, en el Metropolitano del ‘69?» «Ah, ¿no conoce la historia?» «Déjeme que le cuente…» y ahí nomás se agolpaba gente en derredor del fulano para oír la hazaña. En Ciudadela, engrandecieron el mito de la muchacha de la imagen y en las pizzerías de Floresta, siempre había algún convidado un poco pasado de copas que juraba por su madre, conocer a Los Hacedores de Quimeras.


Y así, lentamente, las diferentes ciudades nacidas al pie de las vías del Sarmiento, se colmaron de historias antiguas y nuevas que viajaban a lomos del Ferrocarril, atravesando fronteras y edificando la nueva memoria colectiva. A veces, un vecino disfrutaba de su helado en la Plaza 20 de Febrero de Ituzaingó y, súbitamente, un payador comenzaba a recitar a su lado: «Deje que le cuente mi amigo... lo que ocurrió el día aquel… en la Batalla del Puente Márquez...», y sin que pudiera reaccionar, continuaba: «Con las tropas de Don Juan Manuel, El Restaurador... y los Unitarios del General Lavalle... y mire usted lo que le digo mi amigo… todo aquello sucedió, utilizando ese cañón… en el que usted, distraídamente, toma un simple helado....».


Por supuesto que la mayoría de los eventos relatados eran exageraciones o tergiversaciones de la realidad, pero cumplían con su cometido de implicar a los ciudadanos, otorgándoles tema de conversación. Lograban apoyos, opiniones encontradas, contrapuntos… todo era bienvenido en la búsqueda de cambiar el humor popular.



No pasó mucho tiempo hasta que vecinos de las distintas localidades de la zona, comenzaran a involucrarse contando sus propias historias. Utilizaban fragmentos oídos y las amalgamaban con su propia versión de los hechos, convirtiéndolos y formando historias nuevas. Hasta que finalmente, llegó el día en que reemplazaron aquellas anécdotas por otras de sus abuelos, de sus padres y hasta de ellos mismos. Cada fin de semana, la cantidad de vecinos que relataban sucesos extraños y atrapantes aumentaba. Al final, era natural ver en cada esquina céntrica del oeste, a grupos de gente reunidos en derredor de cualquiera que relatara una buena anécdota.


Las historias se multiplicaron de boca en boca y crecieron en un espiral infinito que fusiona aquellas verídicas con otras meramente ficcionales, aunque la verdad eso ya a nadie le importaba. Al fin de cuentas, lo que todos quieren, es un cuento bien contado.


Quién sabe, tal vez Los Mejoradores de Historias nunca existieron y son solo otra narración oída por allí.



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