La soledad en la calle Rivadavia

Actualizado: 29 ene

En las calles de Ciudadela, todos recuerdan el otoño del ‘96. Ese fue el año en que apareció la muchacha de la imagen. Su historia es, cuando menos, bastante peculiar.


Aún no habían comenzado las heladas del mes de abril cuando en los bares la gente comentaba las visiones del espectro de una joven que generaba inquietud en los alrededores.


Su llegada al barrio fue tan fugaz como determinante. Si bien sus primeras apariciones fueron esporádicas y distantes, poco a poco surgieron nuevos testimonios de vecinos involucrados.


A medida que más y más personas tenían un encuentro con el espectro, las teorías sobre la capacidad de la joven para desentrañar el alma humana y su oportunismo para decir presente ante una injusticia se multiplicaban, y junto con ellas, el desasosiego de los vecinos más objetables de la ciudad.


Rápidamente los rumores sobre un ánima que conocía los secretos y las intenciones ocultas de las personas se esparcieron por toda Ciudadela. Algunos trazaban mapas con los avistamientos y otros exclamaban que la joven solamente se presentaba ante personas de integridad dudosa o de moral cuestionable. Afirmaban además, que aquellos a quienes encontraba culpables eran objeto de implacables padecimientos tales como el escarnio público, la vergüenza o incluso la soledad y el olvido.

Ilustremos esta historia con algunos ejemplos.


Tomemos el caso de Pérfida González, una tarotista de la zona que tuvo un fugaz encuentro con la muchacha mientras realizaba uno de sus oficios. En dicha ocasión el ánima, conocedora de la escasa honradez de la vidente y de sus habituales embustes, urgió a la pitonisa a hacer contacto con sus antepasados; Pérfida, aunque sorprendida, realizó algunos rituales de invocación y vagos intentos como médium nigromante con el fin de continuar con su farsa, pero ante su fracaso, no tuvo más remedio que admitir su engaño ante la muchacha. Luego de ese encuentro, la milagrera debió purgar una angustiosa expiación: jamás sería capaz de volver a mentir en sus lecturas de manos o en sus sesiones de espiritismo, situación insólita que dejó a la tarotista rápidamente sin clientes ni amigos, empujando a Pérfida a una vida de ostracismo y aislamiento.

Otros vecinos fueron sorprendidos en situaciones más íntimas.


Isidoro Parodi, el Concejal, tuvo la desgracia de encontrarla en un hotel alojamiento, el día en que, dispuesto a dejar a su esposa, huyó de la municipalidad con el dinero de la tesorería. Al ver a la muchacha, el hombre quedó paralizado del horror y solo alcanzó a balbucear un pretexto que, bien sabemos nosotros, la joven desestimó rápidamente. El desenlace fue el esperable: poco tiempo después, Isidoro no solo fue abandonado por su mujer, sino que además perdió el trabajo y fue blanco del agravio popular. Hoy pasa sus días en una pequeña pieza detrás de los talleres ferroviarios.

Los casos se expandieron en ambas márgenes de la calle Rivadavia y con una diversidad sorprendente, desde monaguillos que robaban el dinero de las limosnas, hasta un chofer de la Línea 109 que se rehusaba a parar en las esquinas los días lluviosos.



En la Sociedad de Fomento de Villa Luro hubo reuniones informativas buscando esclarecer el fenómeno que contaron con la presencia de expositores de barrios tan alejados como Pompeya o Benavidez.

Las preguntas de qué sucedía primero: ¿los complejos y la depresión? ¿o la soledad y el olvido? y ¿es la soledad el último refugio para almas abandonadas? mantuvieron en vilo a la Sociedad de Fomento.


El estadista Crisólogo García aportó un dato interesante, aunque no muy revelador: según sus propias inquisiciones 8 de cada 10 afectados por el ánima sobre la calle Rivadavia eran personas solitarias y acomplejadas. Añadió, además, que la propia muchacha parecía presentar un aspecto contrito y atribulado.

Sus contribuciones, si bien discretas, sirvieron para alimentar el debate popular.


Se escribieron ensayos cuyo tema principal era la soledad interpuesta. Se crearon comisiones, mesas de ayuda y se organizaron recorridas por las plazas.

Nadie quería quedar a contramano de tan reciente y loable fenómeno. Surgieron los lemas “La soledad es el otro” y “Mejor mal acompañado que solo” que se convertían en pancartas durante las rondas nocturnas por la calle Rivadavia.


En las parroquias locales, notaron significativos aumentos en las confesiones y las limosnas. El geriátrico de la calle Barragán nunca registró tal cantidad de visitas y en el barrio no recuerdan tantas actividades en pro de la inclusión como en aquella época.

Los Fundamentalistas Fácticos, presurosos por negar toda influencia de fuerzas sobrenaturales, desacreditaban cualquier aparición atribuyendo las mismas a mera charlatanería de barrio y se burlaban de las nuevas actividades llamándolas simplemente «La ronda de los crotos».


Con el tiempo, las apariciones disminuyeron hasta prácticamente desaparecer y la gente fue olvidándose de la joven, aunque las nuevas y buenas costumbres continuaron.


Sin embargo, el barrio seguía desconociendo las motivaciones y los orígenes de la misteriosa muchacha de la imagen.

Finalmente fue Evaristo Carriego, el abogado con aires de detective, quien puso fin al misterio cuando dio con ella en una fría noche de invierno sobre los andenes de la estación Ramos Mejía.


El diálogo allí mantenido fue cuanto menos curioso:

—Me ha costado trabajo dar contigo.

Y sin embargo aquí estás…


—Debo reconocer que eres un espíritu astuto, has logrado incidir en el accionar de las personas.


Entonces... ¿Lo has desentrañado?


—Simplemente creo que a veces es necesario escarmentar a unos pocos para persuadir a muchos… —respondió Evaristo.


Veo que el prestigio que te precede no es en vano, Carriego —concedió ella.


—Y sin embargo tu cólera ha sido severa con aquellos.


Cada uno es dueño de sus acciones, Evaristo; no he sido yo quien los ha castigado, sino sus propios demonios.


— ¿Dices que no has incidido en sus destinos? —insistió el abogado.


No, tan solo digo que Las Moiras ya estaban trazadas desde mucho antes de que yo llegara aquí, pero basta ya de charla, adiós estimado Carriego, debo marcharme pues nuevos destinos esperan.


—Adiós, niña fantasma, ¿nos volveremos a ver? —inquirió Carriego una última vez.


Creo que tú sabes bien cómo evitarlo...

Y así, abandonó el andén donde Evaristo sonreía al tiempo que acomodaba su sombrero por enésima vez.

Algunos dicen que aquella fue la última vez que vieron a la joven por Ciudadela.


Por las dudas nadie visita la zona por las noches.

En la calle Rivadavia todos se mantienen alertas ante los encantos de la muchacha de la imagen, pero sobre todo se cuidan de la soledad, pues a veces puede ser la más peligrosa de las compañías.



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