La cuestión del desarraigo

Actualizado: 21 nov

Porque también está la cuestión de la distancia, del sentirse lejos, de darse cuenta de que ya no somos parte del asunto. Ese sentimiento que a uno lo asalta cualquier lunes por la mañana, cuando sale apresurado de su casa, sin desayunar, rumbo al puesto de diarios de la esquina, mientras deja la pava en el fuego y se acuerda del turro de Ugarte, el tesorero, y de su media sonrisa burlona después de cada domingo esquivo. Por eso uno sale disparado rumbo a la esquina, porque quiere ser el primero, llegar antes que nadie y traerse el diario bien temprano. Entonces apura el paso y piensa en los mates, las medialunas y en disfrutar la crónica de la victoria en el clásico del día anterior. Sabe que va a leer con detalle la descripción de un partido glorioso, un domingo que finalmente puso las cosas en su lugar y que devolvió el orden al universo… un domingo de esos para acordarse de nuevo de Ugarte y de esas chicanas durante los almuerzos.


A medida que nos acercamos al puesto de diarios, uno ya imagina hipótesis, elucubra ideas… ¿Qué puntaje le habrán puesto al puntero izquierdo? No menos de siete u ocho puntos, seguro. Al fin y al cabo, hizo un surco por la raya toda la tarde, y se cansó de gambetear defensores. La figura, eso sí, fue el tanque Valentierra —no le cabe duda—, ¿A quién más podrían elegir como jugador del partido, sino al tanque? Si además de abrir la cuenta, asistió para el segundo gol, ese que estiró la ventaja. Estaba clarísimo que la figura era él. Aunque, si uno lo piensa un poco, Gamezaga, nuestro arquero fue otro que anduvo muy bien... inclusive atajó aquel penal con el que ellos hubiesen igualado el encuentro, y ahí… ahí anda a saber qué pasaba… porque son bravos también, eh; parece que no tienen nada, que están en la lona, pero ya nos ha pasado más de una vez que no los liquidamos cuando están grogui y después nos arruinan la fiesta. Sí, son bravos ellos.


Uno sueña despierto mientras camina y sabe que esa mañana será capaz de leer hasta la columna de opinión de aquel periodista famoso, el que trabaja en la tv y que todos saben que es contra nuestro. Incluso a ese malaleche puede disfrutar leyendo hoy, total… ¿qué va a decir ese infeliz? Si les dimos un saino bárbaro. ¡De punta a punta los bailamos! Dentro de treinta años van a seguir hablando de este partido. Todo el mundo dirá que estuvo en la cancha, como hacen todavía con el día en que debutó Maradona. Y claro, uno hubiese querido estar, pero justo no se dio, por eso es que está yendo al puesto de la esquina a buscar el diario. Aunque vaya así, a medio vestir, en ojotas o pantuflas y con esa remera gastada… ¿Qué importa? Si hoy lo que cuenta es llegar rápido antes de que al gallego del puesto se le acaben las copias. Más sabiendo que últimamente no baja muchos ejemplares del camión por este asunto de internet, que hace que venda cada vez menos. Por eso uno va temprano, no sea cosa que cuando llegue se le hayan agotado. Porque es fija que hoy todos van a querer comprarlo y guardarse su ejemplar. ¡Un número de colección es el diario de hoy! Por eso lo mejor era venir rápido, aunque haya que salir a la calle a medio vestir y la vecina del tercero lo mire por encima de los anteojos, despectiva.

Y es ahí, cuando llegamos frente al puesto del gallego, imaginando la gastada que le espera al forro de Ugarte, que uno empieza a desesperarse, porque al diario no lo encuentra. Lo busca pero no aparece, no está por ningún lado. Entonces, con los nervios a flor de piel, revolea los ojos entre las pilas de diarios del gaita este, pero no hay caso; y revisamos una, dos, tres veces, pero no. Nada, viejo. No está.



Quizás, con suerte, uno encuentra fotos deportivas en alguna portada, pero será, de seguro, una falsa alarma. Tal vez, el italiano la gazzetta dello sport, o el español Marca. Puede, incluso que nos genere confusión ver cierta tipografía verde en el nombre de algún diario… pero de nuevo será el subconsciente jugándonos una mala pasada. En una de esas es el Lance!, aquel diario deportivo que a los brasileros les gusta tanto escribir a colores verdes y amarillo furiosos. Y ahí uno ya siente como le comienzan a transpirar las manos y se le aflojan las piernas… porque en todo el puesto no existe un solo registro de nuestra gesta del día anterior. Ni un mísero diario. Nada. Levantamos la mirada hacia el escaparate de las revistas, en un último intento, buscando algún ejemplar de El Gráfico o mejor todavía, una Solo Fútbol. Algo. Sin embargo, lo más parecido que encontramos está escrito en… ¡minúsculas! y se llama “don balón” … ¿A quién carajo se le ocurre titular una revista de fútbol en minúsculas? Déjate de joder, hermano. Que país inviable. Desesperado, sentimos cómo nos viene el mareo y hasta se nos baja un poco la presión… porque uno es fuerte, pero tampoco es de piedra.


Y ahí, precisamente ahí, sucede el momento bisagra. El punto de no retorno. Donde uno cae en la cuenta que en lugar de estar donde pertenece, se pasó todo el domingo siguiendo los vaivenes del partido más importante de los últimos treinta años en la diminuta pantalla de su teléfono celular, mediante una transmisión que, para peor, llegaba con un delay insoportable. Es ahí cuando uno comprende que estuvo a miles de kilómetros de distancia del único lugar donde debería estar. En un país ajeno. Sufriendo solo. Donde nadie se enteró de los goles del tanque, ni de las atajadas de Gamezaga y donde la vida sigue como si nada, porque a nadie le interesa un pomo lo que pasa con el club de uno. Y claro, en ese punto, ya somos un volcán a punto de hacer erupción, sentimos como la efervescencia nos sube por las entrañas sin tener siquiera con quien compartirla, con quien descargarnos, como tampoco tuvimos con quien abrazarnos cuando llegó el tercer gol nuestro, el del desahogo, el de la fiesta desatada. Entonces acepta que sí, que tal vez uno puede asimilar otros hábitos, adaptarse a otro país, incorporar otras comidas… Incluso puede acostumbrarse a estar lejos de su familia y de sus amigos, pero nunca, en ningún caso, puede aprender a estar lejos de su equipo. A pesar de que intentemos engañarnos y busquemos tener simpatía con algún club local, y hasta consigamos amistades en otras canchas y simulemos que nos importan. Pero no. Será un sentimiento aséptico, desapasionado… similar al de comer sin sal o al de acudir a bautismos de hijos ajenos. Cosas que uno hace mecánicamente porque siente que debe, que lo obligan, o que es lo que debe hacerse, pero nada más.



Y es que no existe nada que reemplace a tu club, a tus colores. Por eso uno termina gritando los goles en la soledad de un bar céntrico romano o en la oscura habitación de algún piringundín barcelonés, mientras mira, por enésima vez, el titilar de la pantalla del teléfono. Y allí, en esa inmensidad vacía y personal, uno despierta de la fantasía y se da cuenta que no está ni en Buenos Aires, ni en Rosario, ni en ninguna otra ciudad argentina. En ese instante de lucidez, a uno se le hace añicos la ilusión y recuerda la tarde aquella en que decidió irse del país, la vez en que le dijo que si a su jefe cuando le ofreció el puesto en San Pablo, o la noche en que, harto de la inflación, decidió cerrar la mueblería y vender el fondo de comercio para instalarse en Barcelona. Quizás allí, en ese pasado tan lleno de sueños y esperanzas de futuro, uno miró a los ojos de su novia por sobre la mesa del café en Avenida Corrientes y asintió cuando ella le propuso que probaran suerte en Italia porque tenía unos tíos segundos en Roma que seguro los iban a recibir bien y les iban a dar una mano con la ciudadanía. Allí, de pie frente al gallego que vende esos diarios de mierda en la rambla, uno despierta del trance, reacciona súbitamente y tiene esa revelación matutina que le pega en la sien como un rebencazo, o mejor aún, como el puntinazo que metió Uribelarrea cuando clavó el quinto y último gol en la reputisima lluviosa tarde gris del domingo en Buenos Aires. Y ahí nomás, ante la atónita mirada del gallego que comienza a impacientarse, recuerda por última vez al cornudo del tesorero, solo en su casa, que seguro revoleo la radio contra la pared cuando terminó el partido, y entonces sí, uno se afloja, se relaja y deja escapar el grito incontenible, eufórico, reparador.


—Ugarte, ¡Andá a la puta que te parió!


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