Epílogo

Era 31 de diciembre y, como sucedía habitualmente, en el barrio se reunían a celebrarlo en la Sociedad de Fomento de Villa Luro. En una especie de pacto tácito firmado por todos, cada fin de año, los vecinos dejaban a un lado sus diferencias y visiones de la vida para festejar, todos juntos, la llegada del nuevo año. Soñadores, poetas, fundamentalistas, funcionarios públicos, artistas… todos mezclados en una quimera imposible. Como canta Joan Manuel Serrat: «…por una noche se olvidaban (sic), que cada uno es cada cual…».


Aquel año había resultado especialmente intenso para el grupo, y por ello decidieron despedirlo en grande, al estilo de antaño, con corte de calle incluido. El ex comisario Mario Sepúlveda utilizó sus contactos en la fiscalía y dos móviles policiales bloquearon el paso sobre ambas esquinas de la Avenida Rivadavia, en la cuadra donde se ubica la Sociedad de Fomento.


Y mientras que los diversos personajes del barrio se repartían tareas a medida que llegaban a la Sociedad de Fomento, y trabajaban al unísono para colocar las luces, instalar el equipo de sonido o arrimar las sillas a la calle, Evaristo Carriego intentaba desentrañar un pequeño misterio de última hora que ponía en riesgo el resto de la noche.


—Dígame, Rosendo, ¿usted cuándo fue la última vez que lo vio? —preguntó el detective, al tiempo que se acomodaba su sombrero de fieltro.


—Le repito, Evaristo, la única vez que lo vi, fue el día en que lo traje al barrio. Luego no lo volví a ver —respondió el payador, nervioso.


—¿Ya consultó con Gervasio? —acotó Rosendo— tenía entendido que era él quien lo pasaría a buscar con el colectivo.


Evaristo dejó a Rosendo e ingresó en la Sociedad de Fomento en busca de Gómez Piedra, aquel misterioso chofer que conducía el interno número cuatro de la Empresa Transporte del Oeste. Lo encontró al fondo, en pleno partido de truco con Cachafaz Rodríguez, el Taura Avellino y un tal Gómez, quien se fastidió notablemente cuando Carriego interrumpió su racha ganadora.


—Escúcheme Gervasio —arrancó, raudo, el fiscal—, ¿usted vino solo?


—Así es, mi amigo —respondió Gómez Piedra.


—¿Y no se suponía que vendría acompañado?


—Así es mi amigo —repitió el chofer.


—¿Y entonces? ¿En qué quedamos? Apreciaría una respuesta algo más elaborada, mi amigo—insistió Carriego, al tiempo que volvía a acomodarse su sombrero, señal de que estaba perdiendo la paciencia.


—Mire mi amigo, yo pasé a buscarlo, tal y como me indicaron, pero cuando llegué, ya no estaba. No indagué sobre los motivos de su ausencia (en eso tiene usté razón en ofuscarse), pero como aquel lugar pertenece a los dominios de Los Fundamentalistas… bueno, comprenderá que no quisiera quedarme más tiempo del nesario’ —dijo Gervasio, y se encogió de hombros.


Evaristo resopló fastidioso, luego se dispuso a realizar ciertas anotaciones en su pequeña libreta roja cuando dos viejos -el estadista Crisólogo García y el filántropo Estanislao-, lo interrumpieron exultantes.


—¡Mi estimado Carriego! ¿Se enteró de la novedad?


El fiscal, sorprendido, negó con la cabeza.


—¿Sabe quién nos engalanara esta noche?


De nuevo el fiscal negaba con un movimiento.


¡Alcides Máspoli! —exclamaron ambos al unísono—, y aunque usted no sea tan futbolero, no nos puede negar que se trata de una celebridad.


—Claro, hombre, claro, ¿cómo no voy a conocer al goleador oriental? No tenía idea de que vendría esta noche.


—Nosotros vinimos preparados —dijo Estanislao, señalando las camisetas del Unión y Progreso que traían en la mano—, hoy no nos vamos sin su firma estampada.


—¿Creen que vendrá ataviado con su tradicional conjunto blanco? —preguntó, entusiasta, Crisólogo García.


Para alivio del fiscal, su salvoconducto a tanta muestra de pasión desbordada, llegó de la mano de Mario Sepúlveda: «Si me disculpan, caballeros, necesito tomarlo prestado un momento», dijo el ex comisario mientras retiraba a Carriego hacia un costado del salón.


—Dígame, Evaristo, ¿cómo venimos con el misterio que se trae entre manos? —consultó Sepúlveda, ya en la intimidad del fondo de la estancia.


—Y… no muy bien comisario, nadie lo ha visto donde se suponía que debían verlo, y Gervasio insinúa que todo el asunto es una maniobra de los Fundamentalistas Facticos.


—¿Los Fácticos? ¿Y ellos qué pito tocan en este entuerto, Carriego?


—Todavía no lo sé. La cuestión, Mario, es que el establecimiento donde nuestro desaparecido iba a permanecer hasta anoche, es propiedad de dicha organización —respondió Evaristo, contrariado.


—Mmm... ya veo… Sería oportuno que tuviéramos una pequeña charla con ellos.


—Me leyó la mente, comisario —respondió Evaristo, mientras acomodaba su sombrero por enésima vez—, vamos afuera, me pareció verlos junto al grupo que está en la calle.


—La hora de cenar se acerca —acotó Sepúlveda—, no nos queda mucho tiempo para resolver el misterio.


—¡Qué nochecita, Mario! Y eso que nuestra amiga Pérfida Gonzalez, en una rápida lectura de manos que me realizó más temprano, dijo que todo andaría bien esta noche…


—¿La tarotista? —preguntó el comisario.


—Ni más ni menos que ella —respondió el fiscal.


—Usted también cree en cada cosa, Carriego…



Afuera, el resto de los invitados, ajenos a la crisis que los rodeaba, disfrutaban de la velada. Salvador Rucci alardeaba ante un grupo de señoras sobre su significativa participación en la resolución del misterio del sortilegio de las doncellas cantantes; y, los Mejoradores de Historias entretenían a todos en la esquina opuesta relatando alguna de sus anécdotas enriquecidas.


En su camino hacia la calle, Sepúlveda y Carriego, se toparon con Victorio Fuentes.


—¿Y Evaristo? ¿Se va a animar a llevar adelante la propuesta que le hice? —aventuró, confiado, el escriba.


—¿Quién sabe? Todo puede ser… —respondió Carriego sin dejar de caminar—, ya hablaremos a su tiempo.


En la calle, el torneo de metegol, era intenso y vivía momentos decisivos. De un lado, Los Fundamentalistas Fácticos, del otro, La Liga de Soñadores y Poetas. El duelo ancestral, repetido. Según pudo saber Evaristo, el score se encontraba igualado en tres, la próxima bola lo definiría todo (“El bien y el mal, definen por penal”, recordó Evaristo la vieja canción). Todos los presentes estaban expectantes, y se esforzaban, además, por mantener alejado al Vasco Estigarribia, lo cual era lógico, pues el viejo adivinador de penales acertaba una y otra vez hacia qué lugar shootearian los diversos muñequitos metálicos durante el match.


Una vez finalizado el cotejo, Sepúlveda y Carriego se acercaron a la dupla que representaba a Los Fundamentalistas Fácticos:


—Buenas noches, estimados —comenzó el fiscal, alzando el viejo sombrero en señal de saludo cordial—, entiendo que estarán al tanto de nuestro predicamento… Teníamos un “encargo” estipulado con ustedes y… bueno, ya ven, el mismo no aparece por ningún lado.


—Estamos al tanto, seguro que sí —respondió uno de ellos—, sin embargo, no estamos involucrados en su desaparición, ni tampoco en su infortunio.


—Bien dicen que la cabra al monte tira… —agregó Sepúlveda, con tono irónico— ¿No será que todo este asunto no es más que un producto de sus viejas rencillas con la gente de La Liga?


—Perdóneme, comisario. Es cierto que en nuestras filas tenemos diferencias irreconciliables con esa gente, pero de ningún modo arriesgaríamos el tradicional festejo de fin de año en el barrio.


—Y, sin embargo, cuando Gómez Piedra, el colectivero, pasó a buscarlo por su establecimiento, su gente dijo que no sabían nada de él. —volvió a la carga el comisario.


—¡Es que ya se lo habían llevado! Es lo que le vengo repitiendo a todo el mundo y nadie parece escuchar. Pasaron por él a bordo de un exótico vehículo blanco, uno como jamás había visto igual.


Evaristo, que se había mantenido en silencio observando el contrapunto, simplemente preguntó:


—¿Qué fue lo último que dijo? ¿Lo pasaron a buscar en un vehículo blanco?


—Tal y como lo oye.


—Muchas gracias —respondió Evaristo, y levantó nuevamente su sombrero, saludando—. Venga, comisario, creo que ya tengo la respuesta. De todas formas, antes debemos ver a un viejo conocido, el chueco Valdivia. Hay algo que necesito saber.


—Pues vamos a buscarlo —dijo Mario Sepúlveda, y luego añadió— ¿A qué propuesta se refería Fuentes hoy más temprano, Carriego?


—No se me vaya a reír, comisario, pero el escriba anda con ganas de llevar al papel algunas historias sobre ciertos casos viejos en los que participamos… compilarlas en un libro o algo así.


—¡A la pelota! —exclamó Sepúlveda— Se me va para arriba, Carriego… Lo único que le pido, eso sí, cuando se convierta en una especie de Sherlock Holmes vernáculo, no vaya a olvidarse de sus amigos…


—No diga pavadas, Mario. Miré, ahí anda Valdivia.

—Evaristo! ¡Tanto tiempo! —irrumpió alegre, el chueco.


—Valdivia, hombre ¿cómo le va? Justo lo andaba buscando…necesito preguntarle algo.


—Desembuche nomás.


—Dígame una cosa, ¿usted sigue siendo habitué del bar perteneciente al Club Unión y Progreso?


—Esteeee… Ni tanto ni tan poco, Carriego. Unas veces estoy allí y otras prefiero el buffet del Social y Deportivo… allí sirven unos vinos pateros que ni le cuento… Esta semana, por caso, pasé las tardes en el Unión.


—¿Y no vio nada extraño? ¿Algo que le llamara la atención?


—Usté sabe, Evaristo, que cuando me pongo con los dados, me concentro mucho…


—Ni hablemos de cuando agarra la botella —acotó Sepúlveda, divertido—, ¿o tengo que recordarle el incidente que lo hubiera mandado al talego de no ser por el aquí presente?


—No se ponga así, comisario, que a Carriego lo tengo siempre en mis oraciones… Ahora que lo pienso bien, ayer en un momento de la tarde se armó un lindo revuelo, salieron todos disparados hacia los quinchos del club, supongo que habría llegado alguien importante, pero no sabría decirle.


—Es todo lo que necesitaba. Eso es lo que me gusta de usted, Valdivia, siempre atento a los pequeños detalles. ¿Nos vamos comisario? Creo que ese alboroto afuera indica que acaba de llegar nuestro desaparecido misterioso.



En la calle, tratando de abrirse paso entre Estanislao, García y otros fanáticos, emergía lentamente un majestuoso automóvil blanco. Instantes después, y acaparando el centro de la escena, descendió del mismo Alcides Máspoli. Vestía un impecable pantalón y chaleco blancos que contrastaban con su piel morena y le otorgaban al antiguo goleador, el halo de una estrella de Hollywood.


Con la ayuda de alguno de los presentes, descargaron del baúl del vehículo, varias bandejas cargadas de lechón trozado humeante, costillas de carne y otros manjares. El aroma y el aspecto de los alimentos era embriagador a los sentidos. La mayoría de los presentes, súbitamente, comenzaron a ovacionar a la vieja gloria: “Más-po-li, Más-po-li”, cantaban, como si estuvieran en una tribuna y la estrella del equipo saltara al campo de juego.


—¿Cómo supo que fue Máspoli quien traería el lechón? —preguntó el comisario, intrigado.


—Mi abuelo sostenía que, una vez que removemos las explicaciones ilógicas e imposibles, la solución a un misterio es siempre aquella que parece más simple e improbable a nuestros ojos. Tuve mi primera sospecha cuando me enteré de la visita de un invitado “sorpresa”, alguien que nadie tenía en los planes, ni estaba asignado a ninguna tarea; luego, pasado nuestro encuentro con Fuentes, recordé la crónica que este escribió relatando la llegada de Máspoli al país, y cómo el moreno se obsesionó con los asadores del club donde fue ídolo, al punto tal de apodarlo Costilla; finalmente, cuando los miembros de Los Fundamentalistas Fácticos mencionaron la presencia de un extravagante automóvil blanco, retumbaron en mi mente las palabras fervorosas de Estanislao y de García preguntando si el goleador uruguayo vendría vestido con su tradicional atuendo blanco. Ese fue mi momento de lucidez. Lo único que tuve que hacer a continuación, fue confirmar si algo inusual ocurrió en el predio del Unión y Progreso durante estos últimos días, eso fue lo que me confirmó Valdivia hace instantes, el revuelo causado por Máspoli cuando llegó al club con el lechón dispuesto a que sus asadores de confianza, terminen de prepararlo.


—Lo que no entiendo es el papel de Los Fundamentalistas y los demás en todo este asunto, mi amigo.


—Esa es la parte fácil, Mario. Rosendo era simplemente el encargado de conseguir un lechón fresco, y lo hizo allá cerca de sus pagos, en una chacra ubicada entre Dolores y Sevigne. Luego debía llevarlo a nuestro establecimiento de siempre -una panadería perteneciente a la organización de Los Fundamentalistas Fácticos- para que se encargaran de adobarlo y cocinarlo como hicieran en años anteriores. El papel de Gervasio era apenas el de pasar a retirarlo en la tarde de ayer… pero ya ve que el ariete oriental le ganó de mano.


—Como le digo siempre Carriego, es usted un hombre de recursos.


—Lo cierto, comisario, es que el resultado hubiese sido el mismo con o sin nuestra intervención, puesto que nunca existió un misterio per se. Toda esta confusión fue producto solamente de la imperiosa necesidad de atención de alguien por quien, tiempo atrás, solían dispararse los flashes, pero cuya estrella se apagó hace ya tiempo.


—El pobre moreno necesitaba sentirse el centro de atención al menos una última vez.


—Y vaya que lo ha logrado, comisario, menuda entrada triunfal montó llegando en su coche.


—Lo que cuenta para mí, Carriego, es que apareció el bendito lechón. Caso contrario, solo Dios sabe con qué íbamos a alimentar a toda esta gente…


—Cuando tiene razón, tiene razón. Venga, Mario, mejor vayamos a cenar antes de que nos dejen sin nada.


El resto de la noche transcurrió según lo esperado y sin mayores sobresaltos. Cuando finalmente el reloj marcó las cero horas, todos en la Sociedad de Fomento de Villa Luro alzaron su copa y brindaron. Y mientras que desde la calle comenzaron a oírse los estruendos de la pirotecnia y el cielo se vestía de colores, Evaristo golpeó su copa y preguntó:


—¿Conocen ustedes la historia de los eventos ocurridos la pasada noche del 24, durante los festejos de Nochebuena?


—Lo sucedido con esa muchacha… ¿cómo se llamaba? ¿Lola? —respondió Sepúlveda.


—Exacto, mi amigo —dijo Carriego—. Un suceso interesante sin dudas. De hecho, uno de los más peculiares en los que he intervenido… El caso de la cena navideña.


—Vamos, hombre, ¿va a contarlo o no? —preguntaron varios a coro.


— ¿Quién sabe…? Tal vez se los relate en mi próximo libro.


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