El precio de los misterios

Actualizado: 24 ene

Hay cuestiones en la vida cuyo valor difícilmente pueda medirse en términos pecuniarios: el amor, el conocimiento o la lealtad, por ejemplo, son asuntos ligados al alma y al espíritu que no deberían cuantificarse. Algo similar podemos decir de los misterios universales, la humanidad anhela develarlos y desentrañar sus intrigas, pero siempre con fines altruistas que están lejos del sentido monetario.


Sin embargo, Yasir Hakim, el árabe, consideró una noche que no sería mala idea ponerles un precio a tales cuestiones.


Y es que… ¿quién no desearía saber la verdad sobre la construcción de Stonehenge y su sentido? o ¿por qué mataron a JFK y quien fue el responsable? ¿No pagaríamos acaso por conocer la respuesta a preguntas que, de otra manera, nos llevarían años de trabajo e investigación responderlas? Si pudiéramos… ¿no utilizaríamos el atajo fácil para ahorrar tiempo?


Poco más, poco menos, esa debe haber sido la línea de pensamiento que Hakim siguió la noche del 24 de julio de 2016 cuando, de forma inesperada, se topó con un hallazgo inaudito.


En realidad, todo comenzó 4 días antes, durante la noche del 20, cuando volvía a su casa luego de terminar su rutina de póker de cada viernes alterno. Esta vez, en lugar de utilizar el camino habitual rumbo al paso a nivel de la calle 9 de Julio, eligió el atajo que le otorgaba el pasaje bajo la calle French, apenas unas cuadras antes. Esta decisión, en principio azarosa e inocua, trajo como resultado un cambio determinante en la vida del árabe.


Aquella noche, Hakim y sus amigos habían estado conversando largo y tendido sobre el vuelo desaparecido de Malaysia Airlines en 2014, y el tema -sin saber por qué- todavía retumbaba en la cabeza del islamita. En el momento en que Yasir atravesó el bajo nivel, además, sucedieron dos cosas significativas. La primera fue el horario. De manera fortuita, el moro ingresó al túnel a las cero horas puntuales, ni un minuto más, ni un minuto menos. La segunda, que al momento de cruzarlo, un tren circulaba exactamente por las vías ubicadas encima de él.


En ese instante mágico, donde se conjugaron el tiempo, las circunstancias y el lugar, se le reveló la respuesta a su pregunta. Como una epifanía, un hallazgo sobrenatural o un libro que se abre en la página buscada, a Yasir se le manifestó la solución al misterio que rondaba su cabeza sobre el avión desaparecido.


Por supuesto que Hakim no tomó en serio lo sucedido y lo adjudicó al cansancio, al whisky o incluso a los misteriosos designios de la noche. Tampoco creyó que la respuesta obtenida fuera cierta. Sin embargo, y para asegurarse de que lo sucedido no fuera solo un mal sueño, decidió volver al día siguiente a tentar al destino. En dicha oportunidad, fue metódico en su proceder, eligió la misma hora y el mismo lugar de ingreso. Y tal como había sucedido el día anterior, nadie circulaba por los alrededores. Eligió otra pregunta de difícil respuesta y se internó en el bajo nivel puntualmente a las cero horas. Lo hizo repitiendo para sus adentros una y otra vez la misma pregunta: “¿Dónde está enterrada Cleopatra? ¿Dónde está enterrada Cleopatra?”


Lo que allí sucedió dejó nuevamente atónito y perplejo al moro. No solo oyó otra vez el paso del tren, sino que, instantes después, conocía exactamente la ubicación de la tumba del monarca.


Hakim, rápido para los negocios y oportunista como un mercader egipcio de feria, sopesó durante todo el tercer día qué hacer con un descubrimiento semejante. ¿Lo daría a conocer a la humanidad? No. Se sabía carente de tal nivel de nobleza. ¿Comentarlo con sus amigos? ¡Nunca! Alguno podría quitarle mérito o, lo que era peor, el usufructo de su hallazgo.


Antes de tomar la decisión que finalmente cambiaría su vida, decidió hacer unas últimas pruebas adicionales. Intentó realizar la maniobra en diferentes horarios: por la mañana, a última hora de la tarde e incluso muy entrada la madrugada. Nada. En ninguna de esas oportunidades sucedió algo. Parecía entonces haber dado con algo preciso y especial.


La cuarta noche confirmó su grandísima suerte. Repitió por enésima vez el proceso y, como volvió a obtener un resultado positivo, Yasir puso en marcha el plan que tenía en mente: Lo convertiría en un negocio. En uno magnífico. Gigante, sin igual. A fin de cuentas, llevaba la estirpe árabe en la sangre y siempre fue un hábil e ingenioso comerciante. Además, ¿qué dirían sus ancestros si contradecía al Maktub, a su destino? No, había decidido no desaprovechar tal guiño del azar… hasta donde él sabía, nadie tenía conocimiento sobre aquel lugar. Después de todo, no era un sitio de paso común y casi nadie lo utilizaba.


Como medida preventiva, bloqueó la entrada del pasaje subterráneo con maderas y un juego de vallas municipales rojas y blancas que astutamente robó de una obra en construcción.


Luego se dirigió hasta la redacción de algunos diarios locales, revistas del corazón y semanarios de astrología a publicar el siguiente aviso:


¿Quiere conocer los secretos del universo?

¿Está cansado de no saber cómo resolver ese problema con las cañerías de su casa?

¿Se siente un ignorante cuando el mecánico le habla de los desperfectos de su auto?

¿Espera aún una respuesta sobre por qué fue abandonada/o por el amor de su vida?

¡No sufra más! ¡Deje atrás la ignorancia y el desconocimiento! ¡Siéntase renovada/o!

Estas y muchas otras respuestas, lo esperan a una llamada de distancia.


Atención inmediata. Llame al teléfono que figura al pie y sea testigo de un cambio en su vida.



Satisfacción garantizada o le devolvemos su dinero.




Utilizó el mismo panfleto para empapelar los alrededores de la estación Morón, de Haedo y de otros barrios aledaños. No quiso dejar su nombre real, ni su teléfono para evitar ser rastreado. Decidió en cambio, alquilar una pequeña oficina en la zona de Ciudadela. Y aunque durante las primeras semanas el movimiento fue más bien escaso, poco a poco el teléfono empezó a sonar con frecuencia.



El procedimiento que utilizaba para usufructuar su descubrimiento era sencillo. Consistía en citar a los interesados en un bar céntrico de Haedo, siempre a las 22:30 horas, y compartir una bebida mientras él les explicaba los pasos siguientes y cómo debían comportarse dentro del túnel. Llegadas las 23 horas, ambos se dirigían hacia su coche, el moro vendaba los ojos de su eventual compañero, y desandaban juntos el trayecto hasta el pasaje bajo nivel. El sarraceno tomaba siempre el buen recaudo de pasear a sus clientes por la ciudad durante una hora antes de llegar a destino y en cada viaje elegía una ruta diferente. No quería que nadie trazara un mapa del tesoro para dar con la puerta misteriosa. Ya en el lugar, los acompañaba hacia la entrada y les indicaba el camino, les advertía, además, de que disponían de un minuto exacto para realizar su consulta. Vencido el plazo, los retiraba del lugar. Como precaución adicional, en ningún momento les retiraba las vendas de los ojos.


No hizo falta mucho tiempo para que el rumor se extendiera por el barrio. El boca a boca de aquellos que salían maravillados por las respuestas obtenidas tenía un efecto más potente que los propios avisos publicitarios. Desde adolescentes enamorados hasta músicos frustrados, la lista de clientes se volvía variopinta e interminable. Tarotistas, científicos, futbolistas... todos querían tener su oportunidad de develar el misterio que los aquejaba. Más temprano que tarde, el joven musulmán se vio en la necesidad de crear varias listas de espera que -en su pico de esplendor-, llegaron a superar los noventa días.


Hakim, por otro lado, intentaba encontrar la forma de ingresar a más de un cliente por noche. El éxito lo había tomado por sorpresa y estaba ansioso por multiplicar su dinero. Atrás habían quedado sus días de carencias y privaciones, veía un futuro prometedor y le agradaba, pero creía necesario redoblar sus esfuerzos para acelerar el proceso. Lo primero que se le ocurrió, fue hacer entrar a los clientes de a pares, pero al parecer, los pensamientos se mezclaban y las respuestas terminaban siendo ambiguas y confusas. En esos casos no tuvo más remedio que devolver el dinero. En otra ocasión, y vestido como un obrero municipal, se acercó al lugar durante el día, cargado con cemento y otros materiales e intentó dividir el pasaje, convirtiendo el túnel principal, en dos más angostos y paralelos. Fue una catástrofe. De una noche a la siguiente se acabaron -literalmente- las respuestas del túnel misterioso. El milagro ya no ocurría y, por ende, el dinero dejaba de ingresar. Al bueno de Yasir, no le quedó otra opción más que derribar lo construido e intentar regresar el lugar a su estado original.


Otros contratiempos se relacionaron a clientes que pretendían conocer el resultado de la lotería, o quién sería el campeón del próximo torneo, e incluso cuestiones tales como resolver el hambre en el mundo; Situaciones que obligaron al musulmán a poner un descargo de responsabilidad en cuanto a las consultas sobre futurología y a hechos no acontecidos.


Dejando de lado estos eventos puntuales, todo marchó relativamente bien durante un tiempo para el islamita y la nueva camada de inesperados sabios. Y mientras el moro no paraba de contar billetes, en el mundo comenzaron a ocurrir situaciones de lo más diversas e insólitas.


El primer cambio significativo que se produjo en el planeta fue el resurgimiento de la cultura de divulgación científica. Súbitamente volvieron a editarse libros que aclaraban los grandes enigmas del mundo, desde el origen de las pirámides de Egipto, a la explicación de las líneas de Nazca o el misterio del Lago Ness…uno tras otro, libros novedosos y cuyas hipótesis y sustento parecían empíricamente posibles. La televisión y las plataformas digitales tampoco quisieron perderse el tren del conocimiento y lanzaban sus propios documentales y series que teorizaban sobre cuestiones tales como la ubicación del cáliz de Cristo o que revelaban el destino final de Hitler. Programas que siempre se ubicaban entre los más reproducidos de cada plataforma. Este resurgimiento inesperado del deseo por el conocimiento, encendía la primera de las luces del semáforo, en este caso la verde.


La siguiente señal ocurrida en el mundo, fue más llamativa y alarmante. De forma impensada, algunas reconocidas instituciones científicas comenzaron a otorgar sus premios y menciones a personajes ignotos y sin tradición académica previa. Individuos que, increíblemente, alcanzaban el mérito por desentrañar -de la noche a la mañana y sin fundamento teórico que los avalara- algún problema matemático irresuelto durante siglos, como sucedió -por ejemplo- con la Hipótesis de Riemann y con la Conjetura de Hodge. Incluso el Premio Nobel de Física de aquel año fue otorgado a un desconocido estibador de puerto que -increíblemente-, fue capaz de demostrar la existencia de la materia oscura formulando una ecuación sorprendente y jamás vista. Esa fue la segunda luz, la amarilla.


Sin embargo, el punto de inflexión de esta novedosa y extraña revolución del conocimiento, ocurrió cuando comenzó a expandirse por todo el mundo, aquello que se conoció como “la googlealización de la educación”. O lo que es lo mismo, llevar al extremo la postura de la comodidad por sobre el aprendizaje. Ya nadie quería invertir tiempo en el conocimiento y la educación. Se empezó a buscar lo fácil y rápido. El aburguesamiento estaba a la orden del día. Incluso desde los programas de TV, se difundió la idea de que estudiar era algo del pasado, una actividad demodé e ineficiente. Los maestros de escuela llegaron al punto de perder su vocación y su deseo de enseñar, «Aulas vacías», se resignaban. Nadie parecía interesado en experimentar la adrenalina o el sentimiento de satisfacción generado al alcanzar un hito por mérito propio. Era finalmente la luz roja emanada desde el semáforo.


Fue simplemente la moneda que gira en el aire, cambiando las tornas. Lo que en un comienzo supuso un beneficio para la sociedad y un estímulo al aprendizaje, se había transformado en un lastre pesado que la convertía en licenciosa y descuidada. Lejos de los fines altruistas de antaño, el mundo parecía buscar comodidad y conveniencia por sobre todas las cosas.


Mucho más acá en el mapa, en una escala más acotada, intimista y personal, Yasir Hakim comenzó a vivir también, en aquel mismo año, su propio ocaso otoñal.


Y es que cuando se despertó aquella mañana del veintiuno de marzo, jamás hubiese imaginado lo que ese día implicaría para él. Como en aquellas venganzas de la mafia árabe, que se ejecutan con tres golpes alrededor de la víctima. Así también él padecería ese día, los embates de Manat, la diosa árabe del destino.


El primer golpe ocurrió por la mañana, el joven entró en la habitación de su hermano menor solo para enterarse de que había decidido abandonar la escuela. «¿Para qué ir? Si ya nadie cursa… todas las aulas están vacías» fue la sincera justificación recibida. Y a pesar de sus airadas protestas, Hakim fue incapaz de torcer la voluntad de su hermano.


Entrada la tarde, recibió el segundo golpe. Al llegar a su oficina en Ciudadela, se sorprendió al encontrarla revuelta y desordenada. Había sucedido lo peor, prácticamente todas las ganancias obtenidas con su negocio del pasaje bajo nivel habían sido robadas. ¿Cómo era posible que alguien supiera que el dinero se encontraba allí? Solo él conocía el escondite donde lo guardaba. Era un secreto, un misterio. «Un misterio», se repitió. Y allí comprendió. El pasaje bajo nivel. Algún cliente astuto lo había timado con su propio descubrimiento.


En la noche intentó olvidar lo ocurrido durante el día y concurrió al departamento que compartía con su pareja. Sin embargo, allí solo lo esperaba el tercer golpe. Eso y una escueta nota dejada sobre la mesa que le informaba, de forma fría y despojada, que su novia había encontrado en otros brazos la cura a tanta soledad provocada por el islámico muchacho y sus reiteradas ausencias nocturnas.


Yasir Hakim, sintiéndose culpable, burlado y con el corazón roto, mal y tarde comprendió que el precio de los misterios es, tal vez, demasiado alto para ser pagado.


Cerca de la medianoche, y después de pensarlo durante varias horas, decidió hacer una última visita al paso bajo nivel de la calle French. A posteriori, y con los últimos pesos que llevaba encima, se subió a un taxi con rumbo al aeropuerto de Ezeiza y compró un pasaje de avión a la tierra de sus ancestros.



Durante un tiempo, el rastro de Hakim se perdió entre las dunas y los arenales del desierto. Los rumores corrían y ubicaban al árabe siempre en diferentes lugares. Así, mientras que un conocido aseguraba haberlo visto en tal pueblo, otro indicaba que en realidad vivía en uno diferente, y al tiempo aparecía un tercero que aseguraba haberlo visto cerca del desierto. En todas las historias -además- el muchacho parecía estar desempeñando un oficio diferente. Unas veces lo veían arreando cabras por el monte en Habalá y otras actuando de juglar en una feria de Buraidah. Incluso hay quienes dicen que era aprendiz de trapecista en un circo de la ciudad de Riad. Todo muy extraño y contradictorio. En el único aspecto en el que todos coinciden, es que no era extraño verlo compartiendo tiempo con los ancianos y sacerdotes del lugar e interesándose sobre las leyendas locales. Los más arriesgados llegaron a afirmar que hasta cambió su nombre. La última vez que lo vieron, Yasir intentaba localizar la entrada a una cueva en las montañas, junto al desierto del Sahara.


Desde entonces, nadie lo volvió a ver, ni en el barrio ni en ningún remoto pueblo de oriente. No llegaban noticias suyas desde Arabia, ni desde ningún otro lugar y con el tiempo, todos se fueron olvidando de él.



Meses después, en la lejana Arabia comenzó a circular por los pueblos una nueva leyenda saudí. Se trataba de la historia de un muchacho y una caverna. La fábula relata que, a pesar de las dificultades para encontrarla, de los peligros que sorteó para ingresar a ella, y de ser una cueva llena de tesoros, el joven salió de allí con tan solo una lámpara de aceite en su mano. En las historias que se transmiten bajo el cielo del desierto cuentan -además-, que en la lámpara vivía un espíritu extraño, y que el muchacho, a cambio de liberarlo de su encierro eterno, pidió que se le concedieran simplemente dos designios. «No anheló riquezas ni tesoros para sí», narran los ancianos en la noche de oriente. No. Sus dos pedidos fueron, más bien, singulares. El primero, sepultar un paso peatonal de una línea de trenes metropolitanos perteneciente a un lejano país austral y el segundo, dejar sin efecto sus consecuencias.


Los bardos cantan que el genio, sorprendido ante solicitudes tan extravagantes, quiso saber el nombre del muchacho. Y este, después de permanecer un momento en silencio, le respondió: «A partir de hoy, me llamaré Alā 'ad-Dīn». Luego dio media vuelta y se perdió entre las arenas del Sahara.


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