El oráculo que predijo su destino

Actualizado: 28 ene

«Entonces, ¿es así como termina?, ¿Es este el final de mi camino?» El anciano, desparramado sobre las vías del paso a nivel, meditaba en voz alta, como si el tiempo se hubiese detenido.


El tren, imparable y letal, continuaba en su camino de muerte, mientras que el maquinista, impotente, intentaba lo imposible para evitar la catástrofe.

«La advertencia hecha por la voz había sido precisa e implacable “El día en que el sol se oscurece”, pero… ¡Ese día no puede ser hoy!», repetía para sí el viejo. «¡No es hoy!, ¡No es posible!»


La bocina del tren bramaba alertando el peligro y las dos luces blancas, circulares y omnipresentes, se acercaban iluminándolo todo.


«¡No puede estar pasando!» El viejo ahora gritaba, desesperado. «¡Cumplí con los sacrificios! ¡Tomé mis recaudos!» «¡Esta no es noche de eclipse!» «No puede ser hoy…»


Y sin embargo, las piedras habían hablado tan claro meses atrás…


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Aquella mañana de agosto empezó para el pitoniso de Merlo, como lo hicieron tantas otras en los últimos veinte años. Recibiría a un puñado de clientes sencillos y luego dedicaría algo de tiempo para atender a sus devotos más fieles. Con los primeros, tal vez tendría que trabajar un poco y hacer lo de siempre: tirar las cartas, ungir sus manos en aceite y hasta realizar alguna adivinación. Con sus fieles, en cambio, bastaría con saber encauzar la conversación para obtener de ellos mismos, las respuestas que querían oír. Sí, ciertamente la profesión de oráculo era generosa y dulce con él.


Atrás quedaron sus humildes comienzos. La pequeña pieza donde entre inciensos, aceites y fuegos misteriosos, descubrió que tenía la capacidad de ver cosas como nadie más podía. Lejos, en los profundos lienzos de la memoria, iban a quedar retratados aquellos años en los que sus clientes solo necesitaban oír que su estudio se encontraba “En Merlo, Avenida Libertador al fondo, pasando el mástil, dos cuadras, por ahí…”. como únicas coordenadas para ubicarlo.


Allí, recibía a madres de niños enfermos que, al sanar, regresaban agradecidas para ofrecerle pan y dulces caseros creados con sus propias manos. Lo mismo sucedía con las embarazadas o quienes buscaban trabajo, siempre volvían a agradecer el milagro y la buenaventura. Y a medida que la fama de obrar milagros del sacerdote aumentaba, también lo hacía el número de sus devotos. Pronto comenzaron a venir a consultarlo desde lejos, sin publicidad ni otra divulgación que el boca a boca de sus adeptos.


Lentamente, el oráculo de Merlo se convirtió en la ermita más importante de toda la zona oeste, rivalizando incluso con la propia iglesia católica. En aquel lugar, prístino, alejado y solitario, el pitoniso realizó el juramento que lo condenaría años más tarde. Prometió jamás incursionar en la adivinación de loterías, la numerología de premios, ni ninguna otra cuestión asociada al dinero. Únicamente dedicaría sus saberes a aquellas personas en necesidad, cuyas preocupaciones fueran sinceras o con inquietudes relacionadas a cuestiones de salud, asuntos laborales o educativos. En aquel momento se sentía importante y poderoso, y no le interesaba lo que opinaran de él.


Claro que eso fue antes.


En la actualidad, el milagrero defiende otra ideología y sostiene que mantener una imagen positiva entre la clientela -así la llamaba-, era un mal necesario. Es por ello que dedica una parte de su jornada a recibir a aquellos que todavía lo idolatran.



Seguramente, su viraje hacia lo material comenzó el día en que detectó, luego de una trabajosa lectura, un agotamiento llamativo. Lo mismo le sucedió al otro día, y a partir de allí, luego de cada adivinación o conjuro. Siempre terminaba débil y fatigado. Y tal cuestión fue solo el principio. Con el tiempo descubrió que sus manos se volvían callosas y arrugadas ante cada visión entre perfumes, incienso y aceites aromáticos. Su piel se marchitaba y sus cabellos se cubrían de ceniza. En definitiva, se dio cuenta de que su don consumía su cuerpo al utilizarlo. El pitoniso, preocupado y temeroso, se apartó un fin de semana a meditar y conversar con los dioses. Lo hizo con el viento y con la lluvia, con el sol de la mañana y también con la oscuridad de la noche, con el relámpago vibrante y con la delicada mariposa. Y todos y cada uno de ellos le susurraron la misma respuesta: su don se acababa y debía instruir nuevos discípulos para continuar su camino.


El otrora omnipotente oráculo se sentía débil y vulnerable. Siguiendo el consejo de aquellas voces, colocó avisos en los diarios y pautó publicidades radiales por primera vez en su vida. En ellos, ofrecía sabiduría y conocimiento a cambio de compromiso y una vida de vocación y servicio. Tal era la fama del maestro, que numerosos interesados acudieron al llamado. Incluso curiosos y cholulos debieron ser rechazados. Algunos dicen que el vasco Estigarribia -famoso personaje de Haedo que adivinaba el destino de los penales- fue uno de sus estudiantes, aunque eso jamás fue probado. Lo cierto es que el patesi enseñó a sus alumnos con claridad, empeño y dedicación. En sus clases aprendieron técnicas, lecturas, meditación y variados mecanismos para conectarse con el medio, la naturaleza y sus elementos. Una vez que el maestro sintió que había transmitido todos sus conocimientos, algo débil y enfermo, eligió de entre sus alumnos a quienes serían sus cuatro discípulos. Con ellos, decidió abrir diferentes sucursales repartidas en otras tantas estaciones del ferrocarril.


En un principio, el oráculo concibió aquellas sucursales como pequeñas consultas exprés, utilizadas para leer la carta natal, presagiar la suerte o interpretar los sueños. Sin embargo, pronto comprendió que las intenciones de sus discípulos distaban mucho de aquello. En realidad, el cuarteto elegido no resultó del todo honesto. Se trataba de simples milagreros que entraron al negocio por el dinero y que, rápidamente, aprendieron a decirle a cada cliente lo que este quería escuchar. Timaban a las personas, las engañaban y les quitaban sus ahorros.


Débil y cansado, el adivino intentó deshacer su error, retirarles a los impostores su beneplácito y reimplantar el esquema anterior, aun a costa de su salud. Pero era tarde. Sus apóstoles no solo eran jóvenes, también lo superaban en número. Y el oráculo en algún punto, optó por engañarse a sí mismo y consideró que, tal vez, así lo habían querido los dioses.


Con el tiempo, el oráculo abandonó las lecturas de manos, las profecías y la adivinación. Aprendió a complacer a sus fieles sin arriesgar su salud, y dejó los casos complejos en manos de sus voraces súbditos. Unas semanas más tarde, se convenció de que tampoco sería tan malo aceptar su parte de las regalías -después de todo eran sus franquicias-, y conoció así, las mieles del dinero y el reconocimiento remunerado.


Eventualmente, sus discípulos lo convencieron de que era necesario ampliar el negocio, convocar nuevos apóstoles -esta vez seleccionados por ellos-, y sumar otras sucursales. Avejentado, cada vez más hosco y esquivo, quien fuera el más grande pitoniso del oeste, dejó todos estos asuntos en manos de sus subalternos. Y casi se podría decir que la cosas nunca anduvieron mejor para el oráculo y su séquito, pero entonces sucedió lo de aquella mañana de diciembre.


Esa mañana, luego de completar su nueva rutina de atender clientes y recorrer sucursales colectando su parte de las ganancias, el adivino regresó a su oficina. Allí comenzó a practicar ciertas prestidigitaciones, vaticinios y conjuros diversos cuando, al entrechocar sus piedras místicas, volaron algunas chispas directo al contenedor de aceites. En un bramido de fuego inesperado, una llamarada brotó, y de esta surgió una voz gutural que cambiaría por segunda vez, el destino del oráculo.


La voz retumbó impecable y solemne, y apenas pronunció unas pocas palabras: “Antes que terminen las cosechas, en el día en que el sol se oscurece, pagarás por haberte alejado del camino, por tu codicia y voracidad”. Luego, se extinguió junto a las llamas. De todas formas, eso era todo lo que el patesi necesitaba para entender. Rápidamente comprendió que, sin querer, había pronosticado su propia muerte.


Desde aquel momento, el oráculo modificó su conducta indefectiblemente. Intentó nuevamente desbaratar la estafa de las franquicias, pero al darse cuenta de que no sería capaz de lograr ningún resultado, eligió abrirse de su sociedad con ellos y no volver a contactarlos. Canceló asimismo todos sus compromisos y -alegando un retiro espiritual- cerró indefinidamente su estudio. Como última medida, se encerró en su habitación y evitó todo contacto con el exterior. Desechó el televisor y la radio, pero conservó su teléfono celular por cualquier emergencia. Solo se permitía salir a la calle una vez por semana para abastecerse de lo necesario, y nunca lo hacía si sus cálculos astrales indicaban la posibilidad de un eclipse, una lluvia de estrellas, el cambio de estación o cualquier otro evento cósmico destacado. El resto del tiempo lo utilizaba para meditar, contactarse con su yo interior e intentar develar los misterios del universo.


Su plan fue, en general, exitoso y le otorgó al adivino algunos meses de seguridad y sosiego. Sus cálculos se tornaban cada vez más precisos y eso le generaba cierta confianza para efectuar rápidas expediciones al exterior. A veces, se equivocaba intencionalmente al armar la lista de las compras y se obligaba a volver a salir para enmendar su error. Otras veces, como sucedió este viernes, tenía antojo de cenar algo diferente y -¿por qué no? acompañarlo con una buena botella de vino. El inconveniente radicaba en que, el único mercado donde conseguía aquel vino mendocino de su gusto, se encontraba al otro lado de la ciudad, cruzando las vías del ferrocarril.


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De la advertencia de la voz habían pasado ya tres meses, y ahora, vencido sobre las vías, maldecía el estúpido arresto de coraje que tuvo cuando decidió cruzar el paso a nivel con las barreras en baja y el sonido de la sirena que anunciaba la proximidad del tren.



«¡Abandoné las malas prácticas!», «Tomé todos los recaudos… ¡No soy merecedor de un final así!», exclamaba el patesi, suplicante.


Mas interiormente culpaba a Las Moiras por su destino indigno y las hacía responsables de su caída en aquel preciso instante y lugar.


«¡He realizado mis cálculos cuidadosamente!», «Es imposible que el eclipse ocurra hoy…», clamaba, con cierta soberbia. Aquel anterior atisbo de humildad y ruego daban paso a la vanidad, la negación y la ira.

La muchedumbre, que pronto se reunió a ambos lados del paso a nivel, repartía sus esfuerzos entre quienes gesticulaban ampulosos al maquinista y aquellos que, desesperados, gritaban al anciano para que reaccionara.


«El eclipse es mañana… ¡Mañana!», volvió a decir, y levantó su puño cerrado al cielo, desafiante.


Sin embargo, el tren estaba cada vez más cerca y las luces lo cegaban.


Durante los días en que el viejo eligió encerrarse aislado del mundo, tuvo tiempo de analizar al detalle la advertencia recibida. La frase “El día en que el sol se oscurece”, dejaba establecido que se trataba de un eclipse, mientras que la oración “Antes que terminen las cosechas”, le daba a entender al oráculo que el evento sucedería antes del final del verano.


Como el patesi desconfiaba de los métodos modernos de medición, decidió recurrir a las predicciones astronómicas antiguas. Utilizó para sus cálculos el Códice de Dresde Maya, el análisis de los ciclos lunares y solares y el movimiento de los astros. Se consideraba, además, un buen observador de las estrellas.


«Desde el día en que me guarecí en mi habitación, faltaban todavía otros diecinueve para finalizar diciembre, si a eso le sumamos los treinta y un días de enero, tenemos exactamente cincuenta días», reflexionaba, recordando los registros realizados en sus tablas lunares para determinar la fecha del próximo eclipse.


«Mis cálculos fueron buenos, el método maya es infalible», se confortaba antes de seguir «Cincuenta días, más los veintiocho días de febrero tenemos…». En ese momento se detuvo. Algo no estaba bien. Algo le hacía ruido.


«¿Fueron veintiocho o veintinueve?, ¿Dónde había visto el número veintinueve?», «¿Era este un año bisiesto?» «No, no podía ser», jamás se le escaparía un dato como ese, pensó. Y sin embargo… ¿dónde había visto esa fecha recientemente?



Hizo un esfuerzo por recordar. Repasó las anotaciones en las tablas, sus observaciones astronómicas, sus predicciones… nada. No lograba verlo. Aun así, la imagen manifiesta del número “29/2” golpeaba en su memoria clara como el cristal.


El tren, a esas alturas, estaba solo a metros de alcanzarlo.


Y en el instante final, aturdido por los gritos de la muchedumbre y cegado con las luces de la formación que se aproximaba, tuvo un último arranque de lucidez. Visualizó, de manera patente y diáfana, la imagen ante sus ojos. Como un óleo que se devela cuando cae la venda que lo cubre, así el oráculo de Merlo recordó el momento en que vio el calendario colgado en la pared del mercado donde, apenas minutos atrás, había comprado la botella de vino. En su retina se reflejaba nuevamente aquel número veintinueve en letras de molde negra sobre la blanca textura del papel.


Recordó, además, cómo su voz interior le gritó ¡peligro! al verlo, justo como lo estaba haciendo ahora. Y como, en ambos casos, un agente externo se entrometió rompiendo el hechizo de su concentración. Antes, el dependiente del mercado, que lo llamaba con insistencia. Ahora, el tren que, imparable, finalmente se encontraba encima de él.


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