El asombroso interno 4

Actualizado: 29 ene

Ir de Liniers a Moreno, viajar desde Hurlingham hasta San Justo haciendo una escala en Morón, o pegarse una escapada a San Miguel, son algunos de los tantos destinos que podemos elegir de la mano de la mítica Empresa del Oeste de colectivos. Si elegimos hacerlo tal vez la buena fortuna nos acompañe y pasemos a ser parte del selecto grupo de usuarios que aseguran haber viajado al menos una vez a bordo del legendario interno número 4 de la compañía. Un viejo Mercedes Benz modelo 1114 manejado por Gervasio Gómez Piedra. Dicen que quien tuvo la suerte de hacerlo, nunca lo olvida.


Las historias que cuentan sobre estos viajes son asombrosas y confusas.


Asombrosas porque su oportunismo y precisión rozan lo misterioso o lo sobrenatural y confusas porque, aunque todos los que viajaron con él, atesoran una historia particular, esas son diferentes, contradictorias y en muchos casos, improbables.

Lo primero era el aspecto de Gervasio: algunos lo recuerdan alto y espigado, otros lo definen más bien morocho y retacón y lo mismo ocurría con su cabello: rubio ceniciento para unos, castaño oscuro para otros. Pero sin lugar a dudas lo más extraordinario es el hecho de que no existe una sola persona capaz de recrear con precisión su rostro, ni siquiera de forma aproximada.


Hay quien dice que cada uno veía lo que necesitaba ver.


Igual de contradictorias son las historias que se cuentan de esos viajes: Mientras algunos brindan relatos surrealistas, bordando lo lisérgico, otros definen sus encuentros como la palabra justa o el gesto oportuno en el momento apropiado, algo más cercano a un padre protector o un anciano piadoso.



Tanta vaguedad y falta de precisión, sumado al fenómeno del boca en boca que provocan sus historias, llevó a Victorio Fuentes a indagar un poco más sobre el asunto. Así fue como el escriba de Ituzaingó comenzó a visitar testigos, tomar apuntes y recolectar historias. Incluso dedicó un fin de semana a recorrer uno por uno, los ramales de la compañía, con especial atención en aquellos donde Gervasio fue avistado. En todos los casos inquirió a los choferes sobre el paradero del misterioso chofer, pero las respuestas obtenidas siempre fueron por demás ambiguas: «Se encuentra de franco», «Acabamos de cruzarlo, fue su última vuelta», «Está de vacaciones» ... por más que lo intentó, Fuentes no logró llegar a nada en concreto.


Nadie parecía saber el paradero del misterioso conductor.


Otro personaje del oeste, el fiscal Evaristo Carriego, sucumbió también al misterio del evasivo personaje y decidió realizar sus propias pesquisas. Desde un primer momento, Evaristo descartó el estilo persecutorio de Fuentes, eligiendo centrarse en un perfil más analítico. Así, utilizando como base la crónica del escriba, trazó un mapa en donde fue marcando todas las apariciones y testimonios recolectados sobre el colectivero. Hizo anotaciones, consignó fechas, frecuencias, cantidad de avistajes, etc. Lo que descubrió allí fue, cuando menos, interesante.


Lo primero que llamó la atención del fiscal fueron los lugares. Eran contadas las ocasiones en las que Gómez Piedra registraba un testimonio a mitad de un barrio perdido, en una calle solitaria o en los extremos más alejados de la ciudad. Al contrario, la mayoría de los relatos se situaban en los alrededores de universidades, las cercanías de las iglesias, los cementerios, los colegios y, en menor medida, alguna instalación deportiva, sociedad de fomento y otras entidades sociales.


La segunda situación detectada por Evaristo fueron los momentos de cada avistaje, las fechas. Por ejemplo, en las inmediaciones de la Universidad de Morón, un alto porcentaje de los testimonios se registraron en diciembre y -en menor medida- junio; en las iglesias y estadios de fútbol en cambio, existe una gran concentración de historias los fines de semana, y aunque en el cementerio de Hurlingham los relatos eran más escasos y esporádicos, Carriego encontró un patrón común que giraba en torno a los meses de junio, agosto y octubre.


El último y determinante detalle que observó el fiscal fue la coincidencia exacta de momento y lugar en diferentes historias. En otras palabras, había relatos que transcurrían en el mismo ramal de colectivos, en idéntico día y a la misma hora, pero ambos testimonios eran completamente diferentes. Así, mientras un estudiante contaba cómo Gómez Piedra lo felicitaba por aprobar -antes de recibir la nota- un examen de medicina, dedicándole un saludo con el sonido característico del freno de aire, otra mujer, viuda en este caso, juró recibir consuelo del chofer luego de una visita particularmente dura al cementerio y, simultáneamente, una tercera mujer, madre reciente, destacó el trato y la amabilidad que Gervasio le brindó al regreso del primer control de su bebe. Todas historias diferentes. Todas producidas el mismo martes 4 de diciembre de 1987 en la línea 463D sentido Hurlingham.


La situación se volvía inaudita e improbable.



Cuando Evaristo compartió el resultado de sus pesquisas una tarde de domingo en la sociedad de fomento de Villa Luro, la polémica se desató de inmediato. Hay quienes decían que el chofer era una especie de ángel venido del más allá con el objetivo de cumplir una misión o purgar deudas, otros afirman exactamente lo contrario, que Gómez Piedra era un simple colectivero y que los testimonios dados sobre él, pecaban de exagerados y grandilocuentes. Los Fundamentalistas Fácticos no tardaron en emitir un comunicado expresando su opinión. A su entender, sin una foto que probara la existencia del susodicho, todo el fenómeno no era más que una triquiñuela de la empresa buscando aumentar su pasaje; negaban además cualquier explicación sobrenatural. La Liga de Soñadores y Poetas salió al cruce de tal comunicado asegurando estar en posesión de “numerosas fotografías y otras evidencias documentales”, aunque se reservaban el derecho de hacerlas públicas para evitar -según ellos- “romper el equilibrio de las fuerzas universales actuando en nuestro mundo”.


Con todo, la polémica estaba servida. Periódicos de la zona dedicaban tapas al misterio y doble páginas tratando de explicar el fenómeno. En las radios locales, se convocaba a expertos traídos especialmente de Capilla del Monte, a espiritistas varios y pastores brasileños. Pérfida Gonzalez, tarotista de la zona, no dejó pasar la oportunidad y publicó un polémico libro: “Las cartas que le tiré a Gómez Piedra” que, aunque no tenía nada de verídico, se agotó rápidamente en los kioscos de diarios de la zona.


A pesar de los esfuerzos y las investigaciones, a día de hoy todavía seguimos sin saber con exactitud el paradero de Gómez Piedra, algunos dicen que maneja colectivos en la costa y otros que emigró rumbo al sur. Aunque cada tanto aparece algún testimonio nuevo proveniente de las líneas 390, 302 o 443.


Lo cierto es que cada vez más y más curiosos salen a recorrer el oeste en búsqueda del legendario interno número cuatro.



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