Cuando los viejos se ponen de pie

Actualizado: 29 ene

— ¿Cuánto falta? ¿Quince? ¡Será de Dios! No lo puedo creer… —el viejo de la boina volvió la vista hacia el piso de la tribuna y apretó fuertemente el parante con ambas manos.

— No digas pavadas Antonio, que falta un montón. Una más vamos a tener. —El otro viejo, de campera marrón, lo alentaba tratando de disimular su propia preocupación.

Fabio miró a ambos con curiosidad. Le llamaba la atención ese par de viejitos tan pendientes de lo que sucedía en la cancha.


— ¡Dale, réferi! ¿No te das cuenta que está haciendo tiempo?


Esta vez, Fabio no les prestó atención y siguió concentrado en su ardua labor de recolectar las boletas de Prode esparcidas por el suelo. Era una tarea de riesgo, porque el viento las arremolinaba y la mayoría caían debajo de la tribuna deslizándose por entre los tablones de madera. Llegar a tener una gran colección de boletas era uno de los tres motivos que lo entusiasmaba para venir a la cancha.


— Pá… papá… ¡Papá! —A Fabio no le quedó otra que acercarse y levantar la voz para que lo escuchara entre el barullo de la tribuna.


— Seguimos empatados, ¿no?


—Sí… 0 a 0, faltan diez. —Armando respondía sin dejar de mirar lo que ocurría en el campo de juego.


La segunda razón para venir a ver a Progreso era fácil de explicar. Simplemente porque era una actividad que le permitía pasar tiempo con su padre, algo casi imposible durante la semana por culpa de la fábrica. Y si bien es cierto que durante el partido hablaban poco y nada, al menos estaban juntos. El momento favorito de Fabio era la previa… la ida en colectivo, los minutos hasta el estadio con la ilusión que se dibujaba en el rostro del padre mientras repasaba la formación del equipo, llegar al puesto de hamburguesas antes de que se formara fila… ese tipo de cosas. Lo demás lo consideraba simplemente parte del ritual. No le llamaba la atención el partido, la cancha, ni los goles. Para él, a su edad, era solo un juego aburrido y demasiado largo. “Interminable”, solía decir. Cuando iba, se entretenía juntando papeles en la tribuna.


En aquellas incursiones había aprendido que el único instante digno de prestar atención era aquel cuando los viejos que se ubicaban en la platea contigua, se ponían de pie.

Ese era el tercer motivo. Los viejos.


Si ellos decidían abandonar la comodidad de su butaca para levantarse, con todo lo que eso significaba para dos tipos de cerca de 80 años, era porque algo notable sucedía. Podía ser una discusión, un fallo polémico o un final vibrante. No importaba qué pasara, el momento importante era siempre cuando aquellos viejos se ponían en pie.

— ¡Por fin se avivó el técnico, nene! —El viejo agitaba las dos manos en el aire y hablaba mirando a Fabio —sacó al patadura del 4 y lo puso al pibe de las inferiores que juega un fenómeno.



Siempre le parecieron curiosos los comentarios que hacían esos dos, como sacados de otro mundo y otra época. Los miraba divertido en sus intentos de cantar al ritmo de la hinchada, aplaudir alguna jugada o agitar el pañuelo que, sin importar si era invierno o pleno verano, traían anudado al cuello.


Aunque los viejos solían ser amables con Fabio, esta vez, y como prácticamente todo el estadio, parecían más apagados y protestones. Le pareció escuchar algo sobre el descenso un par de partidos atrás y lo confirmó aquella mañana en la sede. Para evitar lo que a esta altura parecía inevitable, su papá le dijo que el equipo tenía que ganar en la última fecha.


Hoy.

— ¡Foul! —Gritó Armando— ¡Al fin cobró una para nosotros!


Fabio no le prestó demasiada atención, dedicó una mirada a los tres viejos y continuó su laboriosa tarea de juntar los papeles del piso.

Minuto 43 de la etapa final. El capitán toma la pelota con las manos dispuesto a cobrar la falta. Hace una seña con la mano. Observa al árbitro y ejecuta el tiro libre. Fernández, el recién ingresado, detiene la pelota con el revés del pie y deja desairado a su marcador. Amaga en salir hacia la izquierda, pero engancha a la derecha, sacándose de encima otra marca. Corre con pelota dominada, paralelo a la línea de cal. Uno, dos, tres metros sin detenerse. Se frena. Levanta la cabeza. Ve al nueve picar de izquierda a derecha, entrando al área. Duda. Finalmente se decide y envía el centro. Largo, bombeado. El esférico surca el cielo de la tarde. Los rayos de sol reflejados en el cuero rasgado convierten al balón en un disco de fuego que va cayendo pesado sobre el área, como una bomba a punto de estallar. En su vuelo errático y eterno, la pelota sobra al último defensor que llega tarde a cerrar.


Fabio se percata del súbito silencio del estadio. Se siente abrumado por la repentina ausencia de sonidos. No hay murmullos, insultos ni cánticos. Un aire de tensión expectante envuelve a todos los presentes. Aire de secreto, de presentimiento y de espera. Mira de reojo la platea. Presiente algo. Busca con la mirada... y entonces lo ve. Su cerebro infantil demora un segundo en procesar lo que sucede. Abre las manos. Cientos de papeles laboriosamente recolectados caen desordenados al suelo y Fabio corre, corre y ríe y sueña, y sigue corriendo con los brazos abiertos a encontrarse con su padre. En su camino, ve cómo ellos se aferran del parante intentando pararse. En cada rincón del estadio comienza a nacer un murmullo que inunda el ambiente. Llega hasta donde está Armando y pega un salto buscando el abrazo. Su padre lo recibe con los brazos abiertos y el grito incontenible escapando de sus entrañas. Imparable, explosivo, atronador.


Fabio mira hacia la platea y sonríe… los viejos se habían puesto de pie.



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