Balada improbable para un universo entrelazado

Actualizado: 8 feb

El viejo ventilador de techo traqueteaba torpemente, en un vano intento de ganar la batalla al agobio que dominaba la noche de Ramos Mejía. Las calles, semi vacías, reflejaban los ecos del temor nocturno ocasionado alguna vez por la muchacha de la imagen y que, todavía hoy, reverbera entre los vecinos de la zona. La desolación reinante sólo era interrumpida por un puñado de Julietas rengas de Romeos y el sonido de un viejo blues flotando por el callejón de la desesperanza.

Ya dentro del bar, el vasco Estigarribia y Evaristo Carriego debatían sobre las definiciones por penales más largas de la historia, y el filántropo Estanislao con su grupo de olvidados de siempre, luchaban para estirar lo más posible su penúltima cerveza.


El bar era uno de esos decorados a la antigua, con sus mesas y sillas de madera y fórmica y paredes recubiertas de posters y fotografías. Había banderines, afiches de eventos deportivos (Ali vs Frazier era uno de los más cotizados), y retratos de famosos que alguna vez pasaron por el lugar. Allí se mezclaban como en un cambalache el infalible goleador Alcides Máspoli con Mario Sepúlveda, un reputado comisario de la zona. Mientras que en la pared opuesta dos grandes banderines llamaban rápidamente la atención, el del Club Social y Deportivo y el del Club Unión y Progreso, orgullo de Haedo. A un costado, Salvador Rucci, el poeta, parecía recitar sus versos desde una fotografía en blanco y negro. Y mientras en la barra del bar, los devotos de la quinta botella y yo, nos jugábamos la ropa en una última copa, sentada al fondo del bulín, apareció ella.


Acodada en la mesa más redonda del lugar, contemplaba el televisor con una mezcla de desgano y resignación. Ajena al mundo que la rodeaba, poseía una belleza intensa y nostálgica, como la de un verso triste o una canción desesperada. Traía el cabello suelto, jeans azules, una cerveza a medio beber, y los ojos más encantadores que yo hubiera visto al sur de la Avenida Rivadavia.

Cuando echó a andar la rocola, los acordes de la canción «Desconfío» inundaron el salón. Pude ver una lágrima deslizarse por su mejilla y luego una media sonrisa que le cubrió el rostro. Y yo, ¡pobre de mí! supe que me estaba enamorando. Era tonto, lo sé, pero me atrapaba algo de ella, tal vez esa melancólica bohemia, su sensualidad involuntaria o algo parecido a una ligera tranquilidad que no dejaba de irradiar. Era como si pudiera verla a través de un oráculo prístino o fuese víctima de la más inquietante epifanía de amor.

Me volví hacia el cantinero. «¿Quién es ella?», pregunté. «No lo sé... lleva viniendo aquí un par de semanas, todos la llaman “Susy Cadillac…”». «¿Susy Cadillac?, ¿cómo la canción?», le dije, y arrojé un billete de 500 sobre el mostrador. «Lo que oyes. Digamos que tiene... cierta fijación con Pappo, no sé si me explico. Pareciera que no existen otros discos para ella...», El barman se esforzaba en explicar su idea, pero yo no lo oía... con una cerveza en cada mano me alejé tratando de desentrañar tanta enigmática casualidad.

La bocina ronca de un tren errante tronó en lontananza, y su sonido parecía emular el saludo triste de Gómez, aquel dependiente que desapareció una noche. Estoy seguro de haberle cobrado una deuda al destino, porque justo en ese momento, intempestivamente, un relámpago tiñó el cielo de Ramos. El estruendo seco y gutural que sobrevino a él, sumió al bar en total penumbra por un instante, y yo, aún perdido en el laberinto de mi romería sentimental, comprendí que mi oportunidad había llegado, que era ahora o nunca. Un empujón de la fortuna, un guiño del azar.


Caminé junto a su lado y con ensayado desdén, apoyé las bebidas en la mesa, mas mi enigmática doncella, inalcanzable y esquiva, no reparó siquiera en mi presencia. Decidí seguir camino rumbo a la fonola y durante un puñado de segundos eternos, calculé mis opciones, mis pasos a seguir. Acaso una sirena en destierro, me susurre al oído, qué barco he de tomar.


Al otro lado del salón, divertidos y lejanos, el Taura Avellino y Cachafaz Rodríguez se hacían la noche en una holgada victoria al truco contra algunos noveles miembros de Los Fundamentalistas Fácticos. Ubicada cerca de ellos, en un oscuro rincón, la tarotista Pérfida Gonzalez sobrevivía a otra noche entre lecturas de manos y cartas astrales.


En mi utopía romántica, oí a la ruleta cantar bingo, y comprendí que debía doblar la apuesta. La busqué con la mirada y, sin preámbulos, presioné play en la máquina de discos. La voz rota del Carpo volvió a adueñarse del salón, y ella, grácil y delicada, me devolvió la mirada, con una sonrisa cómplice y burlona.

“...No sé porqué

Imaginé

Que estábamos unidos

Y me sentí mejor...”

Arrimé una silla a su mesa y le acerqué una nueva cerveza.

—La tristeza, si es compartida, sabe mejor y acongoja menos la pena —improvisé, y dejé atrás el yugo de mi timidez.

Y en un intento de emular la entonación rasposa del cantante, acoté desafinando:

“...Pero aquí estoy, tan solo en la vida... que mejor me voy”

Ella se río, aunque no sabría decir si fue de mi desfachatada impertinencia o, tal vez, ¿quién sabe?, de mi intrépida estupidez. Lo cierto es que me regaló una nueva sonrisa. Y yo tuve la certeza de que estaba perdido.

—Brindo por ello —agregó, y volvimos a reírnos del guiño al artista que nos había reunido.


Junto a la máquina de vinilos, el chueco Valdivia terminaba su enésimo vaso de vino, y mientras que, en la mesa contigua, el estadista Crisólogo García y Victorio Fuentes discutían la importancia de bandas como Sui Generis o Serú Girán, nosotros, sumidos en nuestro sortilegio veraniego, veíamos las horas huir entre risas y copas. Como si viviéramos una ensoñación de poetas o fuéramos la letra de una balada crepuscular. En aquella comanda tardía, sé que corrieron sueños, promesas, discos y hasta algún exceso… pero, sobre todo, el inverosímil encanto de unas manos que se rozaban en la mesa, temerosas todavía de tocarse, y de unos ojos que, huidizos, disimulaban buscarse. Eran dos almas desnudas en un lugar remoto y suburbano. En un todo y una nada. Nuestra propia Torre de Babel.


En el bar, el ventilador aún chirriaba su melodía de vaivén, una queja eterna de su esfuerzo sin final, y afuera, el parpadeo de las luces de neón nos confirmaba que la tormenta arreciaba. En tanto yo, en un chispazo repentino, terminé de comprender. Éramos líneas paralelas que se cruzaron por casualidad, un encuentro guionado, un capricho sin igual.

«Te esperé tanto que tenía miedo de encontrarte», me apuraste, en la hora exacta en que tus besos pedían fugarnos en taxi, y nuestro cuento mejorado hacía poner a los viejos de pie. Era nuestra broma de Afrodita. Un misterio sin su precio. El destino universal.

Ya era tiempo de dejar atrás las dudas y embarcarnos en el asombroso colectivo de nuestra historia. Recorrí por última vez el trayecto hasta la fonola y seleccioné la primera pista del segundo disco editado por la banda “Pappo's Blues”. La tomé de la mano y con una sugestiva sonrisa, dije:


—Ven conmigo, princesa, vámonos.


—Pensé que nunca lo dirías —respondió ella y me besó.


Y como en una quimera que se convertía en realidad, partimos juntos, en busca del tren de las dieciséis.


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