500 costillas de carne

Actualizado: 29 ene

Entrar hoy al Club Unión y Progreso es darse de lleno con la realidad de otro club de barrio que lucha por sobrevivir. Es encontrarse con manchas de humedad que cubren paredes descascaradas, escaleras de mármol ennegrecidas, canchas de básquet que reclaman mantenimiento y.... escasos socios. Sin embargo, apenas unas décadas atrás, fue una institución gloriosa que vio desfilar por sus pasillos a medallistas panamericanos, campeones de liga y parte de lo más selecto de la burguesía local.


Nada más cruzar el hall de entrada de la sede aparecen vitrinas colmadas de trofeos, fotos de eventos sociales que tapizan los muros de piedra e incluso sobrevive una gigantografia enmarcada del plantel que logró el campeonato del ‘75, todos recordatorios de por qué el club acarrea el mote de El gigante de Haedo.

En sus años dorados, tal era su fama, que incluso Salvador Rucci, aquel controvertido poeta moronense, le dedicó una pieza de su autoría intitulada “Lo mucho que te odié”, repasando en sus versos la seguidilla de clásicos que, durante la década del 70, Progreso derrotara por escándalo al club que llevaba la simpatía del poeta, el “Social y Deportivo 1° de Mayo”.


Pero Rucci no fue la única personalidad notable del oeste que estuvo mezclado en la vida del club progresista. Al filántropo Estanislao, por ejemplo, era habitual encontrarlo merodeando el estadio los días de partido y el estadista Crisólogo García era un enamorado del estofado de osobuco que servían en el buffet el tercer domingo de cada mes.


Victorio Fuentes es otro personaje que supo retratar la historia de la institución haedense. El escriba, haciendo gala de su afición por el tango y los caballos, fue un pionero en utilizar títulos llamativos y grandilocuentes para contar las hazañas del equipo. Así, recorriendo su obra, nos encontramos crónicas tales como «Trifecta», donde narra los campeonatos ‘48, ‘49 y ‘50; «Quién te quita lo bailao», una proclama que relata la histórica final ganada en el ‘63 contra la Sociedad de Fomento de Villa Luro, o «Adiós Nonino», la extensa y emotiva misiva con la que el escriba despidió a Don Lorenzo Paredes -presidente de los años gloriosos del club- por motivo de su fallecimiento y cuyo título, además, servía para homenajear a su ídolo de siempre, el gran Astor Piazzolla.


Pero sin dudas, lo mejor de la pluma de Fuentes no lo encontramos en los relatos sobre gestas heroicas ni en las crónicas de victorias extraordinarias. Las verdaderas perlas del autor son sus pequeñas piezas, donde el octogenario Escriba narra con sutileza el día a día de la institución.


La fundación del club por parte de cuatro inmigrantes italianos en un café de la calle Rivadavia o la construcción del estadio con tablones provenientes del ferrocarril son una muestra inequívoca de ello.


Pero el escriba también contaba historias en primera persona. Gacetillas personales e intimistas donde Victorio compartía con nosotros sus miedos y emociones. El ejemplo más representativo es el relato del año en que el club casi desciende: allí nos traslada a su ritual de cada sábado, el encuentro con su amigo en la platea. Las cábalas de respetar las butacas y saludar siempre al nene que juntaba papelitos en la tribuna de abajo, saber que no podía olvidarse de llevar su boina... El andar irregular del equipo ese año, los nervios del partido decisivo, la magia de la última jugada, el sueño del ignoto pibe que debutó ese día... el gol sobre la hora y finalmente el abrazo interminable que representaba el desahogo de todos. Su pluma en estado puro.


Sin embargo, de todas las crónicas de Fuentes, la más fascinante es la que nos relata la contratación de Alcides Máspoli, aquel ariete uruguayo que terminó siendo clave en la obtención del tricampeonato progresista.


Todo comenzó cuando el club fue invitado a participar de un pentagonal rioplatense en la ciudad de Montevideo junto a Colorados Unidos, Barracas al Sud, Deportivo Maldonado y Rentistas de Montevideo. Máspoli jugaba de número nueve para Rentistas, y en aquel campeonato tuvo una actuación descollante. Anotó 17 goles, incluidos los cuatro que le propinó al elenco de Haedo. Don Lorenzo Paredes, presidente del Unión y Progreso, quedó fascinado por la destreza del uruguayo y se juramentó sumarlo a las filas progresistas.



La misión, sin embargo, no era sencilla. La destacada participación del centroforward en el torneo y su capacidad goleadora, lo convirtieron rápidamente en un jugador muy codiciado.


Paredes acercó una primera oferta que fue rechazada de plano. Los uruguayos no tenían intención de desprenderse de su jugador estrella. Las negociaciones siguieron durante algunos días e incluyeron alguna contraoferta y varios intentos de trueque con jugadores diversos, pero la respuesta desde la capital uruguaya era siempre negativa.


Finalmente, y luego de un par de semanas de dura negociación, el club montevideano aceptó ceder a Máspoli a cambio de $50.000 pesos ley, 2 jugadores y la recaudación de tres amistosos entre ambas instituciones. Faltaba ahora lo más difícil, convencer al jugador de cambiar la tranquilidad uruguaya por el ruido porteño.


Para tal fin, Paredes dispuso de un ambicioso plan, un “operativo de seducción” como lo llamarían hoy día. El mismo consistía en invitar al goleador uruguayo (y a otros tantos jugadores buscando disimular la movida) a pasar un fin de semana en Buenos Aires so pretexto de participar en una celebración de la fraternidad rioplatense.


La agenda allí dispuesta comprendía una serie de actividades que tenían la finalidad de convencer al jugador sobre la conveniencia de jugar de este lado del charco.


El programa comenzaba el sábado por la mañana en la sede social del club donde compartieron un desayuno de camaradería algunas viejas glorias del fútbol local junto con figuras tanto criollas como orientales. El lugar elegido para el encuentro no era para nada casual, Paredes aprovechó la oportunidad para mostrarle a Alcides las modernas instalaciones del club, comentarle las nuevas obras y hacer una extensa escala justo frente a las vitrinas rebosantes de trofeos, placas conmemorativas y medallas varias.


Pero si la intención del dirigente era impresionar a Máspoli, fracasó rotundamente. El morocho ni siquiera se inmutó.


Don Lorenzo, sin embargo, todavía guardaba algunos trucos. El itinerario proseguía en el estadio durante la tarde, donde ambos presenciaron un encuentro de Progreso. La idea del dirigente era que la flamante estrella observe la competitividad del campeonato argentino. El equipo local -que marchaba primero en el torneo- dio muestras de suficiencia y consiguió una holgada victoria desplegando pasajes de buen fútbol y, si bien es cierto que Alcides realizó determinadas observaciones y festejó la performance del equipo local, el interés general demostrado por el uruguayo fue más bien escaso.


Nuevamente, el pope veía cómo se diluían sus esperanzas de contar con el goleador.


A pesar de este revés, Paredes seguía confiando y reservó su carta más arriesgada para la noche del sábado.


El plan consistía en presentarle a Alcides con sutileza la noche porteña. Un grupo de directivos jóvenes del club, junto al agente del jugador, llevarían a Máspoli a descubrir los placeres de la calle que nunca duerme: cena con espectáculo teatral en la calle Corrientes y terminar la jornada bailando en el Palermo Palace, el reducto de moda de la época. El golpe de gracia lo daría el agente, quien tenía la misión de endulzar los oídos del uruguayo a lo largo de la noche y conseguir la tan ansiada firma del contrato.

Aquel día Lorenzo no durmió. Aguardó expectante la llamada del agente que confirmara la buena nueva, pero las horas pasaron y el teléfono no sonó.


Al llegar el día domingo, las expectativas del presidente de contar con los servicios del jugador, eran prácticamente nulas. Había perdido las esperanzas. Sin embargo, estaba obligado a continuar con la agenda establecida.


La última actividad era ni más ni menos que un fastuoso asado en el predio de un estanciero amigo.


Tan convencido había estado Paredes del éxito de su plan, que, al momento de organizar el evento, no reparó en gastos. Cursó invitaciones a la prensa especializada, a jugadores, incluso a su par de Rentistas junto con otros allegados y amigos. También contrató mozos y parrilleros especialmente para la ocasión y no dudó en atiborrar los asadores con carne y achuras. Todo debía salir perfecto.


A pesar de que el ágape transcurrió con normalidad, al llegar el brindis, los asistentes comenzaron a chicanear a Paredes buscando la verdadera razón tras la organización del evento. En ese momento se produjo un silencio expectante y aquellos que conocían la verdad pensaron que el directivo finalmente iba a blanquear toda la situación... sus primigenias intenciones y su estrepitoso fracaso, más no fue así; Lorenzo se mantuvo estoico y apenas soltó una tímida respuesta musitando algo sobre una obra en el estadio y la incorporación de determinado deporte amateur a la lista de actividades de la institución. «Demasiado poco para tanta convocatoria», susurraron algunos. Se observaron caras de desconcierto entre los presentes y comenzó a expandirse cierto murmullo por lo bajo. Un puñado de invitados amagó con retirarse ensayando un pretexto espontáneo. Incluso Don Lorenzo había empezado a excusarse alegando un compromiso previo.


Pero en ese momento, ante el desconcierto general y las miradas cómplices de los periodistas, el jugador uruguayo se puso en pie golpeando su copa.


— Míster —dijo, dirigiéndose a Paredes— por favor… Dígale la verdad a los muchachos, no los vaya a dejar así…


Casi un centenar de cabezas giraron en búsqueda del directivo, quien, sorprendido por la situación, carraspeó intentando balbucear algunas palabras.


Sin dejarlo responder, Alcides levantó su mano con la palma abierta como quien pide disculpas o que lo aguarden un momento y volvió a la carga.


—Mire, Don Lorenzo, escúcheme bien —Máspoli parado en el centro de la escena, de impecable pantalón y chaleco blancos en contraste con su piel morena, parecía una estrella hollywoodense—, le propongo que hagamos una cosa…


El uruguayo hizo una pausa, como buscando las palabras exactas de lo que iba a decir.


—Agarre el contrato ese… sí, usted sabe, el que anda dando vueltas y me le agrega... a ver… pongámosle unas 500 costillas de asado... sí, sí de asado… así, ¿ve? igualitas a estas —dijo mientras señalaba uno de los costillares al asador—… ¿Tenemos un trato?


La tarde se cubrió de murmullos, voces de asombro y periodistas que anotaban todo en cuanto papel encontraban para no perder detalle. Otros salían disparados buscando un teléfono que les permitiera informar la primicia a sus redacciones.


El uruguayo, con los brazos cruzados, repitió.

—¿Y....? ¿Qué me dice...? ¿Firmamos o no firmamos?




El resto es historia conocida. Alcides Máspoli anotó más de 150 goles en el club y se transformó en una leyenda de Progreso. Eso sí, nunca volvieron a llamarlo por su nombre.


A partir de ese día se convirtió para siempre en… Costilla.



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